La Iconoclasia y la Edad Oscura de Bizancio

Repliegue de Bizancio

A partir del Siglo VII, el Imperio romano de Oriente entró en una espiral de decancia. Se trató de un periodo de crisis, con profundas adversidades en todo tipo de ámbitos que menguaron y tambalearon al Estado. Para inicios del Siglo VII, el Imperio de los romanos no se encontraba en la mejor de sus circunstancias, pués tras la muerte de Justianiano el Grande, emperadores débiles llegaron al poder y numerosos enemigos asolaron las provincias desde múltiples frentes.

Flavio Heraclio, emperador de los romanos

En ese contexto de profunda crisis e inestabilidad, Flavio Heraclio ascendió al trono tras derrocar a su predecesor, el usurpador Focas. Heraclio fue testigo de como la inoperancia y incompetencia de sus antecesores, y las luchas intestinas, habían vulnerado al imperio y expuesto a amenazas externas: los territorios imperiales del Danubio eran hostigados por ávaros, búlgaros y eslavos, los lombardos penetraron la frontera en Italia y ocuparon el Tíber, y además, en el este se reanudaron las cruentas guerras que enfrentaban a bizantinos contra el Imperio persa de la dinastía Sasánida. La crisis se agudizó cuando el persa Cosroes II, aprovechando la debilidad de su rival, llevó a cabo una espectacular ofensiva contra este remanente oriental del Imperio romano, en la cual tomó Sira, Asia Menor, Armenia, Palestina y Egipto, y debido a ello, llevó al imperio al borde de la desaparición.

Asimismo, los persas forjaron alianzas con otros enemigos de los romanos, como los ávaros y los eslavos, y juntos asediaron la capital, Constantinopla, en el 626. Heraclio unió a su pueblo contra el adversario, y después agotar el dinero de las iglesias y las riquezas de las arcas imperiales, tomó la contraofensiva. Tras una larga y agotadora guerra, Heraclio fue capaz de mitigar este peligro: compró a los ávaros con una cantidad considerable de dinero, repelió a los eslavos, y presionó al enemigo persa hasta derrotarlo en la Batalla de Nínive en el 628.

Batalla de Nínive, bizantinos contra persas sasánidas

En su guerra contra los persas, Heraclio fue capaz de recuperar las provincias perdidas y presionar al enemigo hasta el corazón de su patria. La Vera Cruz, un sagrado reliquiario cristiano que los persas habían robado cuando saquearon Jerusalén, volvió al poder del imperio y triunfalmente fue devuelta donde correspondía. El contrataque de Heraclio dejó a Persia en tal inestable situación, que solo un golpe de Estado orquestado por Kavad II – el hijo de Cosroes – pudo hacer que los persas accedan a un tratado de paz.

El reinado de Heraclio es frecuentemente referido como un periodo donde se consiguió la ”supervivencia del Estado” , ya que logró detener temporalmente la desintegración que sufría el imperio al transferir todos los recursos al aparato de defensa. Sin embargo, para conseguir su ansiada supervivencia de este periodo oscuro, Bizancio tuvo que sufrir grandes cambios. Paulatinamente, el imperio comenzó a abandonar su romanidad y a adoptar más elementos propios de la cultura griega, la cual era mayoritaria en la población. Por ejemplo, el título que llevaban los emperadores romanos, Augustus, fue abandonado en favor de Basileos. Del mismo modo, el griego sustituyó al latín como lengua de la administración. Además, Heraclio se preocupó por la continuidad de su dinastía para así evitar el estallido de más golpes de Estado. El emperador optó por instaurar un sistema de corregencia entre él y sus hijos, Heraclio II y Constantino III, y así poder constituir dinastías y resolver, en teoría por lo menos, la cuestión de la sucesión.

No obstante, el periodo de paz que siguió a los éxitos de Heraclio contra los persas no fue más que un breve respiro. Entre el 633 y el 645, los fieles del Islam iniciaron su guerra santa y emprendieron una rápida e ininterrumpida expansión. Los persas, debilitados por su anterior guerra contra Bizancio, no pudieron sobrevivir el embate de estas tribus que emergían del desierto, y terminaron siendo sometidos. Por otro lado, las ricas provincias bizantinas de Egipto, Palestina, Siria y Armenia volvieron a perderse en manos musulmanas. Como el imperio estaba debilitado en términos bélicos y demográficos como consecuencia de la cruenta guerra contra los persas, el embate del Islam resultó ser devastador, y en tan sólo diez años se perdió más de la mitad territorial del imperio.

Mapa de Europa, Medio Oriente y el Norte de África circa 650

Transformaciones: Del Tardo Imperio a Bizancio

En el 641 falleció Heraclio mientras veía desmoronarse el proyecto de su vida. Como el principio de corregencia no terminó de concretarse, el sucesor de Heraclio fue su nieto Constante II. Con él, se consolidó el mencionado proceso de transformación de las instituciones imperiales.

A mediados del Siglo VII, las fronteras bizantinas comenzaron a estabilizarse tras la primera expansión musulmana, y se llevó inició un proceso progresivo de helenización. Como se mencionó, se recuperó la identidad griega frente a la romana en las instituciones, ya que el territorio del imperio se redujo al área balcánico-anatólica, cuyos habitantes eran de mayoría griega. Esto se evidencia en el ámbito del lenguaje, ya que se comenzó a abandonar el desusado latín por el griego (esta lengua no era precisamente la misma que se utilizaba en la antigüedad, y más bien era una evolución de esta referida como griego medieval o griego bizantino). Además, gracias a la pérdida territorial, el imperio se volvió más homogéneo en todos los ámbitos, y de este modo se hizo más eficiente a la administración.

Esta transformación también se ve reflejada en el ámbito religioso. Previo a la conquista del Islam, en varias partes de Sira, Armenia, Egipto y Cirenaica se habían extendido las herejías monofisita y nestoriana. Por ello los autoridades cristianas ortodoxas que residían en Grecia, los Balcanes y Asia Menor, debían promulgar nociones teológicas como el monotelismo o el monoenergismo para intentar contentar a los diferentes cristianos y así unir los dogmas. Tras las conquistas árabes, esto dejó de ser necesario, puesto que al perderse las mencionadas provincias, los habitantes bizantinos que restaban eran en su mayoría ortodoxos.

Durante el reinado de Constante II, el imperio también sufrió una reorganización territorial y se introdujeron nuevas reformas militares debido a las urgentes necesidades del imperio. Bizancio, asolado por múltiples enemigos, fue dotado de un sistema defensivo más eficaz, en el cual se reorganizó el ejército mediante los themas, o themata. Estos themas eran distritos militares cuyo papel fundamental era la defensa de su territorio asignado, así como suplir al Estado con recursos y soldados.

Este sistema llegó a sepultar el sistema administrativo del emperador Diocleciano, y perduró por los siguientes siglos. El cargo de magister millitum desapareció y quienes comandaba cada themas eran los estrategos, los cuales gozaban de amplia autonomía para defender su territorio. El ejército dejó de ser móvil y estar dividido en las famosas legiones, y más bien se estacionó un contingente en cada uno de estos distritos. Particularmente, los ejércitos de las diócesis perdidas fueron reubicadas en Asia Menor.

Este sistema de themas tomó particular importancia en Asia Menor, ya que era la región del imperio que colindaba con los árabes, y por ello la defensa territorial debía ser efectiva con tal de salvaguardar el resto del territorio. Del mismo modo, fue gracias al monopolio prodigioso fuego griego, que se logró ahuyentar a los árabes cada vez que pretendían acercarse a Constantinopla, y así mantener la hegemonía del imperio en el Egeo.

Como en las provincias perdidas era donde más desarrollo había alcanzado la artesanía y el comercio, el Imperio bizantino pasó a ser un Estado basado en una economía esencialmente agraria de autoconsumo. La invasión del Islam dificultó el comercio debido al bloqueo de las rutas y al retorno de la piratería en el Mediterráneo, por lo cual decreció la población. Al perderse Egipto, los envíos de grano a Constantinopla cesaron, por lo que la economía adquirió un carácter predominantemente agrícola, acentuándose aún más la importancia que cobró el themata. Como las ciudades perdieron su vieja importancia, la aristocracia militar y terrateniente tomó mayor protagonismo. Además, ocurrió una notoria militarización en las provincias periféricas del imperio, y fue ahí donde se crearon los llamados exarcados, los cuales se establecieron originalemente en el reinado de Mauricio pero cobraron particular importancia en el siglo VII al decaer el poder imperial en las periferias. Un exarcado era una circunscripción militar bizantina en la que gobernaba un exarca. En total sólo se formaron dos: el Exarcado de Rávena y el Exarcado de Cartago, aunque este último cayó ante los musulmanes en el 698, lo cual marcó el fin del dominio romano en África.

En Europa, el imperio vio su frontera danubiana debilitada ante la creciente presión de eslavos, ávaros y búlgaros. Cabe hacer hincapié en estos últimos, los cuales se instalaron en la provincia de Mesia durante el reinado de Constantino IV. Los búlgaros migraron a los balcanes tras haber que abandonado sus asentamientos en el norte del Mar Negro cuando fueron expulsados por los jázaros alrededor del 640. El emperador no tuvo más remedio que reconocer a Bulgaria como un reino independiente, pese a haberse instalado dentro de sus fronteras.

Imperio bizantino circa 700 d.C.

Asimismo, aumentó la presión del Reino Lombardo sobre las posesiones bizantinas en Italia, lo cual volvió su dominio en la península cada vez más precario. Por lo tanto, y debido a la ausencia de la autoridad bizantina de hecho en Italia, en la práctica era el Papa quien gobernaba en la ciudad de Roma. Los eslavos, por su parte, fueron instalándose en los Balcanes – también dentro del territorio bizantino -, al punto de llegar hasta el Peloponeso.

Anarquía de los Veinte Años

En el 685 Justiniano II llegó al trono. Este emperador promulgó medidas impopulares, se hizo con múltiples enemigos en la corte y se ganó el descontento popular. Consecuentemente se produjo un golpe de estado en su contra en el año 695, encabezado por Leoncio, uno de los estrategos. Como castigo se le amputó la nariz y se le desterró a los dominios bizantinos en Crimea. La deposición de Justiniano II dio inicio a un periodo de anarquía que duraría por los siguientes veinte años, en la cual varios estrategos de los themas lucharían por el trono de Constantinopla.

Este periodo fue profundamente inestable y, entre el 695 y el 717, ocurrieron media docena de golpes de Estado. Fue gracias a este contexto de luchas de poder, sublevaciones y golpes de estado, que se les presentó a los musulmanes la oportunidad ideal de marchar sobre la esplendorosa ciudad de Constantinopla. Fue un prestigioso general de Asia Menor, llamado León el Isaurio, quien acudió al socorro del imperio. Este general dio un golpe de Estado en el 717, destronó al emperador vigente Teodosio III, derrotó a los árabes, e instauró la dinastía Isauria.

León III el Isaurio, emperador de los romanos

La Crisis Iconoclasta

Coronado como León III, consolidó el poder y autoridad de su dinastía Isauria en el Imperio bizantino tras haber derrotado exitosamente a la incursión árabe en Constantinopla. El nuevo emperador continuó con la reorganización militar que inició desde periodos de la dinastía Heráclida, y fue con León III, que Bizancio completó su consolidación como un Estado relativamente pequeño, organizado para la defensa contra todos los enemigos que lo rodeaban. De este modo, León logró conjurar la inestabilidad política y fronteriza. Sería en el perido isaurio en que se efectuaría la definitiva transformación del Imperio de Roma en el de Bizancio.

Su mayor proyecto, y a su vez el más controversial, fue en el año 726, cuando promulgó un decreto que consideraba la adoración de imágenes una práctica herética y profana, y por lo tanto hizo destruir a los íconos y perseguir a aquellos que los adoraban. Cabe hacer incapié en la procedencia del nuevo emperador: León provenía de Isauria, una región al sur de Capadocia de una fuerte influencia monofisita (tradición heredera de la Escuela de Alejandría). El emperador se justificaba argumentando que se le otorgaba un valor sobrenatural a las imágenes de santos o del propio Jesucristo, y por lo tanto se debía purificar la vida religiosa desterrando a los íconos.

El ejército, que mayoritariamente provenía de Asia, apoyó la reforma iconoclasta de León III. La burocracia gubernamental también manifestó su apoyó a la iconoclastia, que deseaba poner freno al creciente poderío de la Iglesia. Cabe señalar que había sectores dentro del ejército que adjudicaron la idolatría a los iconos las derrotas frente al Islam.

Imagen de Jesucristo de la Iglesia Ortodoxa de Constantinopla

La palabra ”iconoclasia” tiene su origen en la palabra latina de iconoclastes, la cual a su vez viene del griego eikonoklástēs. La cual significa, literalmente, ”ruptura de imágenes”. La Iconoclasia hace referencia a la ”doctrina y actitud de aquellos que rechacen el culto a imágenes sagradas”. La Querella Iconoclasta que llevaron a cabo los emperadores de la dinastía Isauria, no solo consistió en el rechazo o el desuso de imágenes sagradas en las ceremonias litúrgicas; sino la destrucción virtual de las representaciones artísticas de carácter sagrado.

De acuerdo a los defensores de la iconoclasia, se hacían de las imágenes una especie de ”objetos mágicos” con cualidades idólatras o milagrosas, en lugar de la representación visual para la adoración de la deidad. Como ya se había establecido en el Concilio de Calcedonia del 451, Cristo era de plena naturaleza divina y de plena naturaleza humana. Por lo tanto, los teológos iconoclastas sostenían que si se representaba la dimensión terrenal en las imágenes se anulaba la divina, y si se pretendía simbolizar la dimensión celestial, se estaba falsificando la imagen de Cristo.

Fue así como los soldados imperiales irrumpieron en las parroquias e iglesias, destruyendo y quemando todos los íconos. De esta forma se forjaron dos bandos sólidos dentro del propio imperio: por un lado los iconoclastas, simpatizantes de las políticas de León III; y en la otra mano, los iconódulos, quienes defendían la adoración a las imágenes. Este último bando recibió apoyo del papado, quien veía con malos ojos las doctrinas teológicas del emperador bizantino. El más destacado defensor de la Iconodulia fue Juan Damasceno, un teólogo sirio y doctor de la Iglesia. Él sostenía que la representación artística de Cristo en imágenes no afectaba la unión hipostática, y por lo tanto, era una forma sana de llevar a cabo las confesiones y liturgias. Además, los teólogos iconódulos argumentaban que las imágenes eran vehículos para representar a Cristo, y no de su misma naturaleza.

Miniatura de Salterio Chludov

La lucha teológica sobre la legitimidad de la utilización y producción de imágenes dejó una profunda división entre los defensores de la iconoclasia y la iconodulia. Esta división llevó al emperador León III a expulsar al patriarca de la Iglesia Ortodoxa, Germano I, fiel defensor de la iconodulia; y reemplazarlo con Anastasio I. Este evento no solo dividió aún más a los teólogos bizantinos, sino llevó a una querella que enfrentó León contra el Papa Gregorio II.

La política iconoclasta se acentuó aún más con el heredero de León III, Constantino V, quien sucedió a su padre en el año 741. El reinado de Constantino V fue sumamente caótico: rebeliones, epidemias, invasiones, autoritarismo, y persecuciones a iconódulos. Además, con el objetivo de centralizar al imperio en torno a Constantinopla y eliminar los particularismos regionales, expandió la campaña iconoclasta por todo Bizancio. La enemistad con el Papa Esteban II fue tal, que este deslindó con el Imperio bizantino, al proclamar la independencia del Exarcado de Rávena y convertirlo en los Estados Pontificios – esto se logró con apoyo de Pipino el Breve, rey de los francos.

En el año 754, Constantino V convocó el Concilio de Hieria, al cual sólo asistieron teólogos iconoclastas y no contó con la participación de ninguno de los cinco patriarcas. Como era de esperar, este concilio de cuestionada ecumenicidad terminó condenando la iconodulia al considerarla idolatría; señalando que la verdadera imagen de Jesucristo se encontraba en la Eucaristía. A este concilio siguió una árdua campaña de retirar los íconos de todas las iglesias y desterrar a los iconódulos del funcionariado, lo cual incluyó la expropiación de monasterios y el linchamiento sistemático contra monjes. Como resultado, varios monjes huyeron al sur de Italia y Sicilia, donde era inexistente la autoridad imperial. La iconoclastia se radicalizó cuando Constantino dictaminó que era herética la oración a santos.

Constantino V encontró la muerte durante una campaña contra los búlgaros en el 775. Como era de esperar, los teólogos iconódulos consideraron su muerte un castigo divino. quien le sucedió fue su hijo León IV, ”quien mantuvo una política iconoclasta moderada”. No levantó el edicto prohibitorio de la adoración a imágenes, pero sí acabó con las persecuciones y revalorizó el culto a la Virgen. León IV también permitió el regreso al imperio de los monjes iconódulos, exiliados durante el turbulento reinado de su padre. Su reinado fue efímero, ya que encontró la muerte en el año 780.

Irene, el Concilio de Nicea II, y el Ocaso de la Iconoclasia

La muerte de León IV, significaba que el trono bizantino debía recaer en su hijo Constantino VI, pero debido a la corta edad del nuevo Basileus, la regencia del imperio fue asumida por su madre, Irene de Atenas. La regente planeó una serie de proyectos para terminar con la iconoclasia; lo primero que hizo fue imponer como patriarca de Constantinopla al iconódulo San Tarasio.

En el año 787, Irene y Tarasio, buscando restaurar la paz, acabar con la impopular reforma iconoclasta, y lograr la unidad de ambas iglesias, convocaron un Segundo Concilio de Nicea. Originalmente el concilio iba a tener lugar en la Iglesia de los Santos Apóstoles en Constantinopla, pero dada a la inestabilidad social de la capital, acabaron trasladando la reunión a Nicea. En dicho concilio, se suprimió la iconoclasia, y el Imperio bizantino volvió a las políticas de la iconodulia. Gracias a esta reunión, se estableció la separación entre la verdadera adoración a Dios y al honor que se le podía atribuir a un ícono. En tal sentido, las imágenes paulatinamente volvieron a aparecer en las iglesias.

Irene, emperatriz de los romanos

A pesar de los esfuerzos de Irene de unificar al Cristianismo, aún había desconfianza entre el Papado y el Patriarcado de Constantinopla. Especialmente tras la alianza del Papa León III con Carlomagno, rey de los francos. La situación empeoró cuando Constantino VI alcanzó la mayoría de edad y le exigió a su madre el trono. Constantino llevó a cabo un golpe de estado con apoyo del ejército, pero Irene contraatacó, destronó a su hijo e hizo cegarlo.

Irene se proclamó emperatriz de los romanos, pero ocurrió una querella con el papado que terminó aplastando las relaciones entre Occidente y Oriente. Resulta que en el año 800, el Papa León III coronó a Carlomagno como Imperator Augustus Charlemagne, en vistas de restablecer al Imperio Romano, alegando que el título de ”emperador de los romanos” estaba vacante.

El reinado de Irene acabó con un golpe de estado ocurrido en el año 802, tras el cual llegó al poder Nicéforo I, quien instauró la Dinastía Fócida. La emperatriz fue exiliada a la isla de Lesbos donde fallecería un año después; de esta forma se puso fin a la controversial Dinastía Isauria, quienes fueron inmortalizados por la historia gracias a su Querella Iconoclasta.

Durante la primera mitad del Siglo IX distintos emperadores de múltiples dinastías llegaron al poder, y el imperio se estabilizó lentamente, aunque se restauró brevemente la iconoclasia tras el ascenso de León V en el 814. Además de los árabes, los bizantinos tuvieron que enfrentar las amenazas de los varegos, quienes se habían propuesto la captura de Constantinopla. A pesar de ello, el imperio lograría recuperar su esplendor perdido con la dinastía Macedónica.

Conclusiones

El periodo de replegamiento de Bizancio, desde el ascenso de Heraclio hasta la consolidación bajo la dinastía Macedónica a mediado del siglo IX, refleja la resiliencia y capacidad de adaptación del Imperio bizantino ante numerosas adversidades. A pesar de enfrentar invasiones persas, la expansión del Islam, y crisis internas como la Querella Iconoclasta, Bizancio logró transformarse profundamente para asegurar su supervivencia.

Las reformas militares, administrativas y culturales implementadas durante este tiempo no solo redefinieron el carácter del imperio, sino también su identidad, transitando de un legado romano a uno griego. La adopción del griego como lengua administrativa y el fortalecimiento del sistema de themas fueron fundamentales para la estabilidad y defensa del imperio. A pesar de las grandes pérdidas territoriales, Bizancio emergió como un Estado más homogéneo y centralizado, capaz de resistir nuevas amenazas y continuar su legado por varios siglos más. La historia de cómo el imperio sobrevivió a su edad oscura es, en última instancia, un testimonio de la capacidad del Imperio bizantino para adaptarse y perdurar en medio de un entorno incierto y hostil.

Referencias Bibliográficas

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Garrido, A [Pero eso es otra Historia]. (2018, Julio 28). IMPERIO BIZANTINO 2: La Amenaza Musulmana y la Querella Iconoclasta (Documental Historia). Recuperado el 26 de Marzo de 2021 en https://www.youtube.com/watch?v=J2pa3p_PkOY

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