La Dinastía Isauria y la Querella Iconoclasta

Justiniano II y la Anarquía de los Veinte Años

En el año 685 el emperador de Bizancio Constantino IV encontró la muerte, su heredero fue su joven vástago de dieciséis años: Justiniano II. En aquel entonces el Imperio Bizantino no era lo que alguna vez fue. Los antepasados de Constantino IV habían sido testigos como el imperio que forjó Justiniano el Grande se había reducido considerablemente gracias a las conquistas de los árabes; perdiendo las prósperas provincias de Siria, Palestina y Egipto. Sin embargo, aún lograban retener Asia Menor, Grecia, una fracción de los Balcanes, así como las estratégicas islas del Mediterráneo (Cerdeña, Córcega y Sicilia), el sur de Italia y el opulento Exarcado de Rávena.

Imperio Bizantino (Púrpura) circa 700

Justiniano II promulgó medidas impopulares, tales como aplicar mayores presiones fiscales; y además fue derrotado por los árabes en numerosas ocasiones mientras defendía Asia Menor y Armenia. Se enemistó con el papado de Roma, debido a cuestiones teológicas, lo que terminó distanciando a la iglesia latina con la griega.

Se enfrentó a los themas de Asia Menor – grandes territorios que eran administrados por un estratego o aristócrata local – y se ganó el descontento popular. Consecuentemente se produjo un golpe de estado en su contra en el año 695, encabezado por Leoncio, uno de los estrategos. Como castigo se le amputó la nariz y se le desterró a los dominios bizantinos en Crimea. La deposición de Justiniano II, dio inicio a un periodo de anarquía que duraría por los siguientes veinte años, en la cual varios estrategos de los themas lucharían por el trono de Constantinopla.

Mientras Justiniano vivía en el exilió, en Constantinopla ocurrió otro golpe de estado. Sucedió que Leoncio había sido depuesto, en el 698, por un comandante que acabó reinando con el nombre de Tiberio III Apismaros. El usurpador exigió la captura del emperador en destierro, no obstante, Justiniano II logró escapar de su residencia en Crimea y encontrar asilo político en la corte de los jázaros, en el Cáucaso. Sin embargo, Tiberio III exigió al khan jázaro la ejecución de Justiniano; aún así el exiliado logró escapar de milagro, cruzó el Mar Negro, y llegó a tierras búlgaras. Junto al khan búlgaro Tervel, Justiniano II planificó su venganza, llegando a marchar sobre Constantinopla en el año 705.

Justiniano II, el emperador de la nariz de oro

Justiniano II gobernó hasta el 711, aplicando crueles represiones contra sus enemigos, siendo un auténtico reinado del terror. Lo que en sí llevó a otro golpe de estado, esta vez organizado por un armenio llamado Filípico. Los rebeldes entraron en Constantinopla y asesinaron a la familia real, acabando con la Dinastía Heráclida. El reinado de Filípico fue frágil: enfrentó crisis religiosas con los monofisitas, y cedió territorios en Asia Menor al califa Omeya, Walid I; lo que llevó a una conspiración palaciega, derivando en su asesinato y en el ascenso de Anastasio II como nuevo Basileus. Anastasio II cedió el control de los escasos territorios que aún conservaban en Siria a un oficial de nombre León el Isaurio; y envió una flota a Rodas para impedir que la isla vuelva a caer en manos musulmanas.

Este contexto de luchas de poder, sublevaciones y golpes de estado, le dio al califa Omeya, Solimán I, la oportunidad ideal de reunir un ejército y marchar sobre la esplendorosa ciudad de Constantinopla. Aprovechó la coyuntura surgida tras la deposición de Anastasio II, y el ascenso de Teodosio III. No obstante, un estratego del themas de Anatolia y comandante de los ejércitos bizantinos, se hizo con el trono en el año 717 con gran apoyo, este fue León el Isaurio, quien reinó con el nombre de León III.

El Sitio de Constantinopla y el ascenso de León III

Mahoma profetizó en vida que Constantinopla caería, y en el 717, el califa Solimán I, se propuso cumplir con dicha profecía. El califa convocó un monumental ejército al norte de Alepo, concretamente en la llanura de Dabiq; sin embargo, Solimán no gozaba de las condiciones de salud ideales como para encabezar un asedio, y terminó delegando la campaña en su hermano Maslama. La armada de Maslama consistía de 120 000 hombres, y 1 800 navíos; superando abismalmente en número al ejército imperial bizantino que protegía la capital romana.

Constantinopla no se encontraba en las mejores circunstancias, algo que era de esperar tras más de media docena de golpes de estado en tan solo dos décadas. El nuevo emperador, León III, organizó las defensas de Constantinopla, reparó y reforzó las murallas, alistó a los 30 000 efectivos bizantinos que contaba la ciudad, e incluso pactó una alianza con el khan búlgaro, Tervel.

Una monumental flota árabe apareció frente a las murallas marítimas de Constantinopla, y formaron un bloqueo, despreviniendo a la ciudad de suministros del resto de los dominios bizantinos. Una parte de la flota de Maslama navegó hacia el Bósforo, y la otra e postró delante de la ciudad. León, por su parte, organizó a su flota en el Cuerno de Oro, y salió al combate incinerando las naves enemigas con fuego griego.

Asedio árabe de Constantinopla (717-718). Los bizantinos destruyen la flota árabe con fuego griego. Autor Peter Dennis

El asedio duró por meses hasta que llegó el invierno del 717-718, en tal contexto se abrieron paso a las negociaciones. Mientras el campo de batalla era cubierto de nieve, los suministros en el campamento de Maslama se agotaban, azotando a los soldados árabes con una terrible hambruna. Poco después brotaría una epidemia que devastaría al agotado ejército musulmán.

El califa Omeya, Solimán I, quien acudía al asedio con tropas de refuerzo, falleció repentinamente. El nuevo califa Omar II, envió suministros, barcos, refuerzos y armas a los sitiadores. La mayoría de las naves adicionales estaban lideradas por egipcios cristianos, quienes se tornaron al bando bizantino, revelando al emperador León III, información sobre el estado de las tropas árabes.

Representación Histórica de León III el Isaurio, emperador de los romanos

El asedio terminó en desastre, los bizantinos les cerraron el paso a los árabes al reforzar Nicomedia, y un ejército conjunto de búlgaros y bizantinos derrotaron a los musulmanes en Adrianópolis. El califa Omar II, viendo como sus esfuerzos se desmoronaban debido a las enfermedades y a las pésimas condiciones, dio por finalizada la campaña y ordenó la retirada. Aunque en el camino de regreso sufrieron desastres: ciclones, volcanes activos, tormentas marítimas, emboscadas bizantinas; al final solo volvieron cinco embarcaciones de las más de mil que partieron.

La Crisis Iconoclasta

León III consolidó su poder y autoridad en el Imperio Bizantino tras haber derrotado exitosamente a la incursión árabe en Constantinopla. Dividió aún más los themas para que así ningún estratego tenga un ejército lo suficientemente numeroso como derrotar al emperador; recordemos que León llegó al poder a través de dichos medios. Su mayor proyecto, y a su vez el más controversial, fue en el año 730, cuando promulgó un decreto que consideraba la adoración de imágenes una práctica herética y profana, ya que se conceptuaba que se le otorgaba un valor sobrenatural a las imágenes de santos o del propio Jesucristo.

Imagen de Jesucristo de la Iglesia Ortodoxa de Constantinopla

La palabra ”iconoclasia” tiene su origen en la palabra latina de iconoclastes, la cual a su vez viene del griego eikonoklástēs. La cual significa, literalmente, ”ruptura de imágenes”. La iconoclasia hace referencia a la ”doctrina y actitud de aquellos que rechacen el culto a imágenes sagradas”. La Querella Iconoclasta que llevaron a cabo los emperadores de la Dinastía Isauria, no solo consistió en el rechazo o el desuso de imágenes sagradas en las ceremonias litúrgicas; sino la destrucción virtual de las representaciones artísticas de carácter sagrado.

Las políticas de León III, hacían de las imágenes una especie de ”objetos mágicos” con cualidades idólatras o milagrosas, en lugar de la representación visual para la adoración de la deidad. Los soldados imperiales irrumpieron en las parroquias e iglesias, destruyendo y quemando todos los íconos. De esta forma se forjaron dos bandos sólidos dentro del propio imperio: por un lado los iconoclastas, simpatizantes de las políticas de León III; y en la otra mano, los iconódulos, quienes defendían la adoración a las imágenes, recibiendo apoyo del propio papado, quien veía con malos ojos las doctrinas teológicas del emperador bizantino.

Miniatura de Salterio Chludov

La lucha teológica sobre la legitimidad de la utilización y producción de imágenes dejó una profunda división entre los defensores de la iconoclasia y la iconodulia. Esta división llevó al emperador León III a expulsar al patriarca de la Iglesia Ortodoxa, Germano I, fiel defensor de la iconodulia; y reemplazarlo con Anastasio I. Este evento no solo dividió aún más a los teólogos bizantinos, sino llevó a una querella que enfrentó León contra el Papa Gregorio II.

La política iconoclasta se acentuó aún más con el heredero de León III, Constantino V, quien sucedió a su padre en el año 741. El reinado de Constantino V fue sumamente caótico: rebeliones, epidemias, invasiones, centralización política, autoritarismo, y persecuciones a iconódulos. A tal punto que el Papa Esteban II deslindó totalmente con el Imperio Bizantino, proclamando la independencia del Exarcado de Rávena al convertirlo en los Estados Pontificios – esto se logró con apoyo de Pipino el Breve, rey de los francos.

En el año 754, Constantino V convocó el Concilio de Hieria, el cual terminó condenando la iconodulia al considerarla idolatría; señalando que la verdadera imagen de Jesucristo se encontraba en la eucaristía.

Constantino V encontró la muerte durante una campaña contra los búlgaros en el 775, quien le sucedió fue su hijo León IV, ”quien mantuvo una política iconoclasta moderada”. No levantó el edicto prohibitorio de la adoración a imágenes, pero sí acabó con las persecuciones y revalorizó el culto a la Virgen. León IV también permitió el regreso a Constantinopla de los monjes iconódulos, exiliados durante los turbulentos reinados de su padre y abuelo. Su reinado fue efímero, ya que encontró la muerte en el año 780.

Irene y el Concilio de Nicea II

La muerte de León IV, significaba que el trono bizantino debía recaer en su hijo Constantino VI, pero debido a la corta edad del nuevo Basileus, la regencia del imperio fue asumida por su madre, Irene de Atenas. La regente planeó una serie de proyectos para terminar con la iconoclasia; lo primero que hizo fue imponer como patriarca de Constantinopla al iconódulo San Tarasio.

En el año 787, Irene y Tarasio, buscando restaurar la paz, acabar con la impopular reforma iconoclasta, y lograr la unidad de ambas iglesias, convocaron un Segundo Concilio de Nicea. Originalmente el concilio teológico iba a tener lugar en la Iglesia de los Santos Apóstoles en Constantinopla, pero dada a la inestabilidad social de la capital, acabaron trasladando la reunión a Nicea. En dicho concilio, se suprimió la iconoclasia, y el Imperio Bizantino volvió a las políticas de la iconodulia.

Irene, emperatriz de los romanos

A pesar de los esfuerzos de Irene de unificar al Cristianismo, aún había desconfianza entre el Papado y el Patriarcado de Constantinopla. Especialmente tras la alianza del Papa León III con Carlomagno, rey de los francos. La situación empeoró cuando Constantino VI alcanzó la mayoría de edad y le exigió a su madre el trono, ella se lo negó y terminó cegándolo.

Irene se proclamó emperatriz del Imperio Bizantino, pero ocurrió una querella con el papado que terminó aplastando las relaciones entre Occidente y Oriente. Resulta que en el año 800, el Papa León III coronó a Carlomagno como Imperator Augustus Charlemagne, en vistas de restablecer al Imperio Romano, alegando que el título de ”emperador de los romanos” estaba vacante.

El reinado de Irene acabó con un golpe de estado ocurrido en el año 802, tras el cual llegó al poder Nicéforo I, quien instauró la Dinastía Fócida. La emperatriz fue exiliada a la isla de Lesbos donde fallecería un año después; de esta forma se puso fin a la controversial Dinastía Isauria, quienes fueron inmortalizados por la historia gracias a su Querella Iconoclasta.

Reflexiones del Autor

La Querella Iconoclasta fue una de las varias disputas teológicas medievales entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa, la cual se manifestó a través de la destrucción de imágenes e íconos religiosos. Es interesante ver como esta misma doctrina fue aplicada por los árabes, ya que, al igual que León III y Constantino V, consideraban que la adoración de imágenes era profana e idólatra. Esta semejanza se podría atribuir a la procedencia de la Dinastía Isauria, resulta que Isauria es una región de Asia Menor que colinda con el Medio Oriente musulmán. Así que es posible que se hayan visto influenciados por el Islam a la hora de promulgar la reforma iconoclasta. También es importante reflexionar sobre la pérdida de invaluables obras de arte gracias a la religiosidad de estos emperadores.

Referencias Bibliográficas

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Garrido, A [Pero eso es otra Historia]. (2018, Julio 28). IMPERIO BIZANTINO 2: La Amenaza Musulmana y la Querella Iconoclasta (Documental Historia). Recuperado el 26 de Marzo de 2021 en https://www.youtube.com/watch?v=J2pa3p_PkOY

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