La Dinastía Comneno

La Dinastía Comneno fue una familia dinástica imperial bizantina que gobernó el Imperio Romano de Oriente en el Siglo XII. La familia Comneno era originaria de Asia Menor, concretamente de la región de Paflagonia, siendo Isaac I Comneno el fundador de esta poderosa dinastía de emperadores bizantinos. Isaac sirvió a las órdenes del Basileus Miguel VI el Estratiota. Pero en 1057 Isaac dio un golpe de Estado que acabó destronando al débil Miguel VI, quien fue el último exponente de la Dinastía Macedónica.

El imperio se había internado en una brutal espiral de decadencia desde el final del auge de los emperadores macedónicos. Este periodo se definió por las interminables luchas entre la nobleza civil de Constantinopla, la jefatura del ejército y los grandes terratenientes. Es por ello que este periodo, transcurrido entre el 1056 y el 1081, hubieron varios emperadores de breve reinado, ya que la mayoría acabó siendo depuesta y abdicando forzosamente. Isaac Comneno tampoco fue la excepción, ya que falleció en 1059 (tras unos escasos dos años de reinado), y le dio el paso a la familia Ducas, de la nobleza civil.

En aquellos años, la crisis se agudizó en distintos frentes. En principio tenemos al Cisma de Oriente de 1054, el cual representó el corte de las relaciones entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa. Esto ocasionó que los odios y los recelos escalaran, y pronto Bizancio se vio aislada del resto de la Europa cristiana, al ser vistos como meros herejes – siendo los principados rusos uno de sus escasos aliados, al también compartir el rito griego ortodoxo.

Por otro lado, tenemos las invasiones de distintos enemigos que penetraron en las fronteras bizantinas. Al ser ausente la figura de algún emperador fuerte, varios rivales sacaron provecho de la vulnerabilidad de Bizancio. Tenemos, por ejemplo, a la tribu de los pechenegos, quienes invadieron los Balcanes a finales del Siglo XI; encontramos también a los normandos, quienes invadieron los últimos remanentes del poder bizantino en el sur de Italia. Sin embargo uno de los años más desastrosos para la historia de Bizancio fue 1071, en ese año el ejército bizantino fue estrepitosamente derrotado por los turcos selyúcidas en la Batalla de Mantzikert, quienes invadieron gran parte de las posesiones bizantinas en Anatolia e hicieron prisionero al emperador Romano IV.

Los selyúcidas apenas dejaron para Bizancio estrechos valles costeros de cara al Mar Egeo, ya que los valles fértiles del interior de Anatolia pasaron en poder turco, instalando la capital de su beylicato en la ciudad de Iconio (luego llamada Konya). Tras Romano IV gobernaron Miguel VII y Nicéforo III, de los cuales ninguno logró traerle la estabilidad a un imperio que había sido despojado de su mitad territorial. Además, entre las desafortunadas repercusiones que trajo Mantzikert para Bizancio, fue que reveló a Occidente su nefasta situación. Cuando los selyúcidas se hicieron paso a través del Levante y tomaron Jerusalén de las manos de los árabes egipcios, aumentó la alarma en todos los reinos cristianos. De esta manera tomó forma la idea de salvar Jerusalén y Tierra Santa de manos de los sarracenos.

Alejo I

Fue en esta agónica situación en la que un joven Alejo I Comneno (sobrino de Isaac Comneno) llega al trono de Constantinopla, justamente cuando este imperio se encontraba de rodillas. Su reinado fue extraordinariamente largo (1081-1118), y extraordinariamente sanguinario, debido a las incontables enfrentamientos bélicos que internó a su imperio en la práctica totalidad de sus 37 años de reinado. Muchas de los acontecimientos de su reinado han sido recogidos por la historiadora Ana Comneno (hija primogénita de Alejo y de su mujer Irene Ducas) en su obra La Alexíada. Si bien es cierto que Alejo tuvo que hacer frente a incontables enemigos, su foco principal se centró en la recuperación de los ricos territorios en Asia Menor – arrebatados hacía diez años por los selyúcidas.

Alejo I Comneno, emperador y autócrata de los romanos

Su primera amenaza fueron los normandos, liderados por el temido Roberto Guiscardo. En el 1071, los normandos tomaron Bari, último reducto de la Italia bizantina. En ese contexto, Guiscardo proyectó sus planes expansionistas con la conquista de todo el Imperio Bizantino y con él coronándose emperador de los romanos. Para compensar la inminente agresión normanda, Alejo Comneno, consiente de la precariedad de sus fuerzas marítimas y terrestres, acudió a los venecianos.

Los normandos de Roberto Guiscardo, y su hijo Bohemundo de Tarento, lograron desembarcar en Epiro y conquistaron Dirraquio, la isla de Corfú, y asediaron Larissa. Aún así, Alejo logró derrotar la incursión normanda, y tras la fortuita muerte de Guiscardo en 1085, la amenaza fue provisionalmente detenida. Por otro lado, la pacificación del litoral del Mar Adriático recayó en manos venecianas, y para el final del siglo, la República de Venecia había iniciado la consolidación de su hegemonía comercial marítima. Como compensación por sus servicios, Constantinopla concedió a los venecianos impuestos reducidos, lo que fomentó la expansión del comercio italiano en perjuicio del bizantino.

Pero si por algo destaca Alejo I Comneno, es por ser el emperador que impulsó la primera cruzada. La expedición encuentra su origen en una petición que hizo Alejo al Papa Urbano II, de asistirle en la recuperación de sus territorios perdidos en un momento donde los selyúcidas se habían sumergido en una serie de guerras civiles. Alejo estaba necesitado de efectivos para realizar la reconquista de Asia Menor, y es por ello que la asistencia de los príncipes latinos era imprescindible.

La convocatoria se llevó a cabo formalmente en el Concilio de Clermont de 1095, donde se hizo énfasis en la recuperación de Tierra Santa – aquellos míticos territorios bíblicos que se encontraban infestados por musulmanes. Los bizantinos no pudieron prever que el llamamiento del pontífice deviniera en que una ingente avalancha multitudinaria acampara en las puertas de las murallas de Constantinopla. Esta turba desorganizada, y liderada por un tal Pedro el Ermitaño, logró cruzar el estrecho del Bósforo con apoyo de Alejo, solo para ser derrotados fulminantemente por los selyúcidas en la región de Bitinia.

Tiempo después arribó un contingente de nobles franceses, quienes de forma más organizada y relativamente pulcra llegaron ante Alejo. Mientras los cruzados se internaban en tierras infieles, los bizantinos aprovecharon para recuperar sus territorios perdidos: Rodas, Quíos, Lesbos, Nicea, Éfeso, Filadelfia, Prusa, Esmirna; es decir, el tercio occidental de Anatolia. Los caballeros occidentales, por su parte, entraron en el Levante donde establecieron diversos señoríos latinos: el Reino de Jerusalén (1099), el Principado de Antioquía (1098), y los condados de Trípoli (1102) y Edesa (1098).

Godofredo de Bouillón es recibido por Alejo Comneno, emperador de Constantinopla en 1097. De Alexandre Jean Baptiste Hesse

La primera cruzada significó una especie de reencuentro entre un Occidente en pleno despertar tras la Alta Edad Media con un Oriente dominado por Bizancio, quien aún en declive seguía representando el oasis cultural de Europa y gozaba de cierta prosperidad. Las crónicas bizantinas personifican a un Alejo Comneno con grandes dotes para la diplomacia y la busca de consensos. Mientras que los occidentales relataban que el emperador de Bizancio era un ejemplo de falsedad y traición, puesto que los bizantinos habían abandonado a los cruzados durante el largo asedio de Antioquía, y por ende habían quebrantado su juramento de asistencia mutua. Es por ello que después de capturar Antioquía, Bohemundo de Tarento, hijo del ya fallecido Roberto Guiscardo, reclamó la ciudad para sí y se proclamó príncipe de Antioquía. Más adelante, ya terminada la cruzada, Bohemundo declaró la guerra a Constantinopla, pero terminó aceptando el vasallaje del emperador en el Tratado de Devol de 1108.

Tierra Santa Siglo XII

Además, durante la Bizancio de los Comneno, la sociedad se comenzó a heterogenizar, debido al cada vez mayor número de inmigrantes, como rusos, armenios, georgianos, italianos e incluso árabes o turcos. Esto sucedió ya que las ciudades bizantinas se mostraron prósperas para Occidente, lo que las volvían más rentables para inversionistas y mercaderes, la mayoría eran judíos e italianos. Las costumbres griegas de la hospitalidad, así como la búsqueda de fortunas en las tierras orientales, y la peregrinación a Tierra Santa, motivaban a los visitantes a atravesar el imperio. En especial, la vida constantinopolitana era bastante atractiva en todos sus sentidos: el comercio, los baños públicos, los grandes monumentos, los lujos y la buena vida.

En materia religiosa, Alejo logró unificar espiritualmente a su imperio en torno al Ortodoxismo, ya que dicho credo estaba firmemente ligado a la identidad nacional bizantina. Es por ello que durante los años finales de su reinado, Alejo hizo frente a numerosas herejías que se habían expandido en territorio imperial, especialmente en las regiones de Tracia y Mesia. Se trataban de los herejes paulicianos y la secta de los bogomilos. La pugna contra los herejes llegó a tal intensidad que se llegó a quemar en la hoguera a Basilio el Médico, cabecilla de los bogomilos.

Alejo falleció en 1118, tras haberle concedido un balón de oxígeno al Imperio Bizantino, que soportaría por un siglo entero. Dejando un conflicto en la sucesión que se disputaba su heredero Juan Comneno contra su mujer Irene Ducas en conjunto con su hija Ana Comneno. Esta conjura acabó en favor del heredero de Alejo, quien pasó a gobernar como Juán II.

Juán II

Tras vencer a sus oponentes, Juan II Comneno (también llamado Juán el Hermoso o Juán el Bueno) se alzó en el poder del Imperio Bizantino en 1118, siendo el segundo Basileus del periodo conocido como la Restauración Comneno. Como era hijo del gran Alejo Comneno, Juan heredó un importante legado que era su deber continuar; cumpliendo su tarea de forma excepcional, ya que centró todos su esfuerzos en deshacer los estragos que la derrota en Mantzikert causó al imperio.

Juan gobernó el Imperio Bizantino durante 25 años (1118-1143), y en ese periodo logró devolver a Constantinopla el prestigio perdido a los ojos de Occidente. Dejó atrás la política exterior defensiva, que había caracterizado al imperio, a tener una que optaba, marcadamente, por la ofensiva, y así logró recuperar el status de potencia militar europea. Soñó en recuperar las tierras perdidas en Anatolia, las cuales se encontraban ocupadas por los selyúcidas del Sultanato de Rum.

El emperador mostró grandes cualidades que caracterizaban a un buen político, soldado y estratega; además las crónicas señalan a Juan II como un emperador de gran integridad moral, siendo el sobrenombre de ”el Hermoso” no por su apariencia física, sino por su carácter. Él realmente creía en los dogmas del Cristianismo Ortodoxo, fue recto, no le tembló la mano para tomar decisiones, no optaba por las dádivas, y era misericordioso con sus súbditos.

Juán II Comneno, emperador y autócrata de los romanos, junto a su mujer Piroska (Irene) de Hungría

Al igual que su difunto padre, Juan tuvo que hacer frente a una serie de adversidades. La primera la representaron los pechenegos, quienes aliados con el príncipe Vladimir II de Kiev, cruzaron el Danubio y asolaron el territorio bizantino, devastando Tracia y Macedonia. El emperador respondió ante aquella afrenta, y puso punto final a la amenaza pechenega en 1122, en la Batalla de Stara Zagora; tras la cual, varios pechenegos fueron deportados y otros obligados a servir en el ejército bizantino. Años después, Juan II intervino en el Estado serbio de Rascia, el cual fue sojuzgado junto a croatas y dálmatas.

Batalla de Beroia o Stara Zagora (1122). La Guardia Varega masacrando a los pechenegos 

Una reforma que llevó a cabo Juan II, fue desproveerles a los venecianos de los privilegios comerciales que gozaban cuando su padre, Alejo, era emperador. Ya que, al considerar el peligro normando conjurado, los tratos mercantiles con venecianos ya no eran necesarios. Esta reforma irritó violentamente a Venecia, quien atacó algunas islas y posesiones bizantinas en el Mar Egeo y el Mar Adriático. El emperador prefirió negociar con los venecianos lo antes posible y se llegó a un acuerdo: se le devolvería los privilegios comerciales a Venecia a cambio de que esta entregara a Constantinopla los territorios conquistados y le proveyera apoyo naval contra los selyúcidas. Aún así, buscado compensar la hegemonía marítima veneciana en el Mediterráneo oriental, Juan se alió con la competencia veneciana del Mediterráneo occidental; es decir, con las repúblicas de Pisa y Génova.

En 1130, concluyó la unificación de los Estados normandos del sur de Italia en el Reino de Sicilia, fundado por el conde siciliano Roger II. Juan Comneno no vio bien la idea de un poderoso Estado normando en el sur de Italia; ya que reconocer a Roger como rey implicaba ceder todo reclamo bizantino que se ejercía sobre las provincias italianas. El inconveniente no solo venía por parte de los bizantinos, sino también era compartido por Lotario II de Suplinburgo, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

Entre 1130 y 1135, Juan llevó a cabo uno de los proyectos más ambiciosos de su reinado: recuperar Anatolia de las garras de los selyúcidas. Su campaña en Asia Menor fue de las más exitosas, y logró afianzar su control sobre los principales puertos de esta región, como Sinope o Trebisonda. Sin embargo no terminó de absorber al Sultanato de Rum, quienes pasaron ser meros vasallos.

En 1137, Juan inició una campaña en Levante dirigida contra armenios y los normandos de Antioquía. Su primer objetivo fue el Reino Armenio de Cilicia, del cual logró arrebatar importantes posesiones como Tarso, obligando al rey armenio a establecer una frontera estable en torno a los montes Tauros. Luego procedió a reclamar sus derechos sobre el Principado de Antioquía, gobernado por la princesa Constanza y su marido Raimundo de Poitiers. Tras tomar Alejandreta e Issos, Juán obligó a los príncipes de Antioquía a rendirle vasallaje.

Su siguiente objetivo fue Siria, dominada por Zengi, emir selyúcida de Alepo y Mosul. Juán II conquistó importantes fortificaciones del norte sirio con apoyo del príncipe de Antioquía Raimundo I, con el conde de Edesa Joscelino II, y con divisiones de caballeros templarios.

El mayor premio era la fortaleza de Shaizar, pero los recelos entre los cruzados con el Basileus eran tales que el asedio tuvo varios tropiezos. Al final, Juan se vio obligado a llegar a un acuerdo con el gobernador de la ciudadela al enterarse de la inminente llegada de Zengi, en donde Shaizar conservaba su independencia pero debía rendirle tributo a Constantinopla.

En el 1143, mientras planeaba una expedición en Siria y Palestina, Juan II sufrió un accidente de caza que lo dejó mortalmente herido. Fue un hombre enérgico pero flexible, fue dotado por sentimientos humanitarios, y tuvo la mente de un gran estratega militar. Incluso fue conocido por sus coetáneos como el máximo exponente de la Dinastía Comneno. En su lecho de muerte, Juan nombró como sucesor a su cuarto hijo, Manuel Comneno, quien continuó con el legado de su padre y abuelo.

Manuel I

Manuel I Comneno, llamado Megas o el Grande, fue emperador del Imperio Romano de Oriente desde 1143 hasta 1180. Su largo reinado de 37 es considerado el tercero y último de este periodo llamado la Restauración Comneno, fue el cuarto hijo de Juan II Comneno y de Irene de Hungría, hija del ya fallecido rey húngaro Ladislao I.

Manuel compartió varias virtudes con su padre Juan y abuelo Alejo, puesto que destacó por su carisma. La historia lo considera un hombre dotado, ya que sobresalió como soldado, teólogo y estadista. Soñó con restablecer el poderío perdido de Bizancio, y fue atraído tanto por la cultura griega como la latina. Introdujo las costumbres caballerescas a la corte bizantina y nombró a occidentales en varios cargos de influencia dentro del Estado.

Manuel I Megas Comneno, emperador y autócrata de los romanos

Su política exterior fue considerada bastante ambiciosa, lo que luego derivó en tropiezos provocados por exceso de confianza. Mantuvo buenas relaciones con el papado y con las potencias de Occidente. Especialmente mostró políticas más protectoras respecto a los principados cristianos de Tierra Santa, lo que fue acentuado por la pérdida del Condado de Edesa en 1144 a manos del emir Zengi. La pérdida de Edesa alarmó a Raimundo I, príncipe de Antioquía, quien acudió a Constantinopla en buscas del apoyo de Manuel.

En 1146 el Papa Eugenio III emitió una bula de cruzada; la expedición resultante estuvo liderada por Luis VII de Francia y Conrado III del Sacro Imperio. La idea de una nueva cruzada no terminó de entusiasmar a Manuel, puesto que los cruzados cometieron todo tipo de actos vandálicos y sacrílegos en la primera expedición. Además, muchos murmuraban que el objetivo de esta nueva cruzada era tomar Constantinopla. Es por ello que Manuel se mostró desconfiado cuando los cruzados alemanes y franceses atravesaron su imperio, incluso hizo que los escoltaran hasta que estos hayan penetrado satisfactoriamente en territorio selyúcida.

Llegada de los cruzados a Constantinopla durante la Segunda Cruzada

Cuando cayó herido Conrado III, Manuel lo invitó a pasar el invierno en Constantinopla hasta que se recupere. Ellos trabaron una gran amistad, casaron a sus respectivos sobrinos (Teodora Comneno y Enrique de Babenberg) e incluso llevaron a cabo una campaña en conjunto contra Roger II de Sicilia, quien había saqueado varias ciudades griegas durante el contexto de las cruzadas.

La experiencia de la segunda cruzada mostró la gran superioridad militar de Bizancio, en términos disciplinarios, científicos y logísticos, respecto a Francia y el Sacro Imperio. Además fomentó un nuevo estilo bizantino de política exterior, que consistía en impulsar la guerra entre naciones vecinas para así reforzar al imperio. Incluso, tras el fracaso de la segunda cruzada, varios señores latinos de Levante entendieron que el Imperio Bizantino era mucho más eficaz para responder ante los musulmanes que los occidentales.

Tras la segunda cruzada, la atención de Manuel se centró en el Reino de Sicilia y en la recuperación de aquellas provincias italianas que históricamente le habían pertenecido a Bizancio. Para llevar a cabo una campaña organizada, Manuel renovó la alianza con Venecia y aproximó su relación con Conrado III. Pero desafortunadamente, Conrado falleció en 1152; y su heredero, Federico I Barbarroja, nunca llegó a comprenderse con Manuel. La alianza entre ambos imperios devino en una rivalidad, puesto que Federico nunca reconoció la dignidad imperial romana de Manuel, y solo se limitó a llamarlo ”rey de los griegos”.

Manuel igualmente llevó a cabo una campaña en territorio normando, la cual agarró fuerza tras la muerte de Roger II y la llegada al poder de su hijo Guillermo I. Tuvo grandes éxitos en la región de Apulia, gracias a las grandes reservas de oro que cubrieron la expedición, y a las victorias de su general Miguel Paleólogo. Hicieron que Bari, Brindisi, Tarento y Ancona reconozcan la soberanía bizantina. Aunque tras distintos problemas, Manuel tuvo que firmar un tratado con Guillermo I, en donde el último era reconocido como rey de Sicilia y declararon a Barbarroja como enemigo común.

Tras la campaña en el sur de Italia en 1156, la atención de Manuel se fijó en Antioquía. Resulta que el nuevo príncipe de Antioquía, Reinaldo de Chatillon, invadió Chipre y la saqueó sin piedad. Tras despojar a la isla de sus riquezas hizo que mutilaran a algunos bizantinos supervivientes, y como desprecio a Manuel, Reinaldo envió varios soldados mutilados a la corte de Constantinopla. Manuel respondió rápido en su típico estilo e invadió el Reino Armenio de Cilicia, aliado de Antioquía, para así dar muestra de su poder y doblegar a Reinaldo. El príncipe, desesperado – y a sabiendas de que Manuel pronto iría a por él – decidió humillarse. Descalzo y vestido en harapos, Reinaldo suplicó paz y perdón al emperador. Manuel aceptó la sumisión del príncipe, no sin antes hacerle pagar una considerable indemnización por el ataque en Chipre, y obligarle a restablecer el patriarcado ortodoxo de Antioquía.

Reinaldo de Chatillon postrándose ante Manuel I Comneno. El emperador bizantino está sentado en el trono y Reinaldo postrado con una soga al cuello y vestido de saco.

Otro objetivo de Manuel para posicionar a Bizancio como una gran potencia europea era someter al Reino de Hungría. El emperador bizantino sentía que tenía derechos sobre la corona húngara puesto que su madre había sido un princesa de ese reino. Manuel buscó que el rey Geza II de Hungría le rindiera vasallaje. El emperador bizantino se enfrentó tanto al rey Geza como a su hijo Esteban III, a quien derrotó en la Batalla de Sirmium en 1167. Esta disputa terminó con Bizancio aumentando su esfera de influencia por todos los Balcanes.

Sin embargo el reinado de Manuel Comneno también tuvo que sufrir tropiezos. El más importante fue la derrota bizantina en la Batalla de Miriocéfalo de 1176, al sur de Anatolia. En dicho encuentro, las tropas de Manuel fueron emboscadas por los selyúcidas mientras cruzaban por un estrecho desfiladero. La victoria selyúcida significó la consolidación definitiva del Sultanato de Rum en Anatolia.

Los Últimos Comneno en el Trono Bizantino

Este periodo de restauración bizantina terminó, desafortunadamente, con la muerte de Manuel I en el 1180. La historia quiso que a muerte del Basileus, el trono de Constantinopla recaiga en su hijo de trece años Alejo II. Dada a la juventud del nuevo emperador, el poder fue asumido de facto por su madre María de Poitiers. El breve reinado de Alejo II (1180-1183) estuvo caracterizado por una serie de conflictos por el control fáctico del trono, puesto que la madre del emperador prefirió como monarca a un amante.

Es en este contexto que otro miembro de la Dinastía Comneno dio un golpe de Estado con el objetivo de que la crisis familiar no deviniera en una crisis de Estado. Este fue Andrónico I Comneno, quien se creía que iba a gobernar como coemperador junto a Alejo II; pero ese no fue el caso, ya que mando a matar a su corregente.

El reinado de Andrónico I fue bastante inestable, desde perspectivas geopolíticas, políticas y económicas. Era un emperador ambicioso, megalómano, y veía conspiraciones por doquier, lo que lo llevó a iniciar un reinado del terror. Fue por ello que durante su breve reinado (1183-1185) ocurrieron todo tipo de masacres y actos de violencia. Esto llevó a que la aristocracia se posicione en su contra y estalle una suerte de guerra civil. Al mismo tiempo, Bizancio comenzó a perder territorios en todos sus frentes: Serbia se rehusó a rendirle vasallaje, Bulgaria se independizó formando el Segundo Imperio Búlgaro, y del mismo modo, otro noble llamado Isaac Ducas Comneno formó un ”imperio” independiente en la isla de Chipre.

Al final, Andrónico fue depuesto por la rival Dinastía Ángelo, y padeció la más repugnante de todas las muertes imperiales bizantinas. La muerte lenta y violenta del último de los emperadores Comneno pudo haber sido una premonición del futuro de Bizancio, ya que los siguientes tres siglos de existencia de esta (alguna vez) brillante nación se podría resumir en una decadencia lenta y un final fácilmente pronosticable. La historia de los últimos tres siglos de existencia de este imperio no vio a ninguna otra dinastía que haya logrado devolverle el esplendor a Constantinopla del modo que hicieron los emperadores que traté en este artículo.

Referencias Bibliográficas

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1 Comment

  1. Teresa Tyler 10/16/2021 at 8:03 pm

    Desde que encontré tu página, no paro de leerla. Me parece fascinante los temas que tratas y tu redacción, que es muy amena y fácil de comprender. ¡Felicitaciones! Gran artículo, te augurio un gran futuro.