El Imperio Latino de Constantinopla y el Imperio de Nicea

Consecuencias Inmediatas de la Cuarta Cruzada

En el año 1204, los caballeros de la cuarta cruzada saquearon Constantinopla, capital del Imperio Bizantino y la ciudad más rica en todo el ancho del Mediterráneo. La cruzada terminó en la ciudad de Constantino por una inesperada diversión al recibir la llamada de auxilio del pretendiente bizantino Alejo IV, quien esperaba que los cruzados lo reinstauraran en el trono a cambio de lujosas promesas.

Pero una vez reinstaurado en el trono, Alejo IV se vio imposibilitado de solventar sus compromisos con los cruzados, quienes a su vez tenían una deuda con Venecia. Debido a la presencia de los occidentales en Constantinopla, comenzó a gestarse un sentimiento anti-latino en la ciudad; esto derivó en violentas manifestaciones, y con el derrocamiento del emperador tras un levantamiento popular, que acabó instaurando a Alejo V. Por lo tanto, los venecianos y los cruzados se sintieron justificados para tomar su propia recompensa al conquistar y dividir Constantinopla y las provincias bizantinas entre ellos.

Constantinopla sucumbió ante las fuerzas cruzadas en abril de 1204. Los cruzados no tuvieron mayor remordimiento en llevar a cabo uno de los más devastadores saqueos de las historia, robaron varios objetos de oro sagrados de las iglesias para luego fundirlas y elaborar monedas. La destrucción que ocasionaron los saqueos causó un daño irreparable a la ciudad, y otro inconmensurable entre las relaciones de Oriente y Occidente.

La entrada de los cruzados en Constantinopla por Eugène Delacroix (1840)

Una vez en poder de la capital, con la autoridad bizantina colapsada, y con el resto del territorio griego en un estado de anarquía; los cruzados acordaron repartirse el imperio en el Partitio terrarum imperii Romaniae, firmada en octubre de 1204. Venecia, liderada por su dogo Enrico Dándolo, fue la que más se benefició de la expedición, ya que en el tratado se les cedió tres octavos del territorio – lo que incluía islas y puertos marítimos que fomentaron su expansión comercial, como Creta, Rodas, Eubea, Lemnos, Corfú, Dirraquio y otras posesiones geoestratégicas.

Los cruzados se apropiaron del resto del territorio, nombrando a Balduino de Flandes como emperador latino de Oriente. Balduino ejerció como soberano de varios territorios griegos, los cuales fueron divididos en feudos vasallos: el Reino de Tesalónica, el Principado de Acaya, el Ducado de Atenas y el Ducado de Naxos (controlado por una familia veneciana).

Por otro lado, los bizantinos lograron retener algunas posesiones en las periferias: el Despotado de Epiro, el Imperio de Trebisonda, y el Imperio de Nicea. En este último territorio se coronó emperador a un pariente de la familia real bizantina, Teodoro I Láscaris, quien se propuso reunificar todo el imperio perdido.

El Imperio Latino

Se da inicio al Imperio Latino de Constantinopla después de la toma cruzada de 1204, siendo coronado Balduino de Flandes, un noble francés, como Balduino I de Constantinopla. El poder de Balduino se sostuvo en la influencia que ejercía el dogo de Venecia, Enrico Dándolo, quien precisaba de un emperador endeble para así expandir su red comercial y poder conseguir ventajas frente a su competencia: Pisa y Génova. El poder de los venecianos fue tal, que incluso amurallaron su barrio dentro de la propia Constantinopla.

Como mencioné, el territorio del fraccionado Imperio Bizantino fue repartido entre los caballeros franceses y los venecianos – quienes financiaron la expedición y fue gracias a ellos que los cruzados estén recibiendo cuantiosas tierras y riquezas. Sin embargo el control de Balduino se limitó apenas a Constantinopla, puesto que más allá de sus murallas, varios nobles franceses tomaron control de otros territorios, los cuales pasaron a ser – de iure – vasallos del Imperio Latino: Bonifacio de Montferrato se convirtió en rey de Tesalónica, Otón de la Roche fue duque de Tebas, Atenas y Neopatria, Guillermo de Champlitte fue príncipe de Acaya o del Peloponeso, y Marco Sanudo (sobrino de Dándolo) fue duque de Naxos.

Coronación de Balduino IX de Flandes como emperador latino de Constantinopla

Cabe recalcar que esta partición territorial también fue influida por los enfrentamientos entre los propios cruzados. Por ejemplo, Bonifacio de Montferrato y Balduino I casi entraron en guerra por el control de Tracia, especialmente después de que Bonifacio recibiera una importante tajada que comprendía Tesalia, Macedonia y Tesalónica (la segunda ciudad del imperio, la cual vino acompañada con el título de rey). No obstante se logró llegar a un acuerdo en donde Bonifacio recibía Tesalónica como un feudo por parte del emperador.

Tras haber finalizado con la conquista de Grecia, las tropas latinas procedieron a dirigirse contra el Imperio de Nicea, en Asia Menor, regentado por los bizantinos supervivientes. Tuvieron grandes éxitos en sus campañas iniciales, puesto que lograron apoderarse de gran parte de Bitinia y Misia, incluyendo ciudades como Nicomedia y Pemaneno. Lo que obligó a Teodoro I Láscaris, recientemente coronado emperador de Nicea, a firmar una tregua.

Para 1205 Balduino I gobernaba desde Adrianópolis por el oeste hasta Heraclea Póntica por el este, así como gran parte del Egeo oriental; mientras que el resto del Imperio Latino estaba regentado por los demás caballeros cruzados quienes rendían vasallaje a Constantinopla. Prácticamente, se implementó un modelo feudal francés en estos territorios conquistados.

Los principales enemigos del Imperio Latino – además de los Estados griegos sucesores a Bizancio – fueron los búlgaros y los turcos selyúcidas, pero los primeros eran vistos como súbditos rebeldes y los segundos como infieles. Sin embargo, el Imperio Latino sufrió repetidas derrotas contra el poderoso Segundo Imperio Búlgaro, gobernado por el intimidante zar Kaloyán. El zar invadió el territorio cruzado ante el llamado de auxilio de los bizantinos, y derrotó a las tropas latinas de Balduino I en la Batalla de Adrianópolis de 1205; en la cual se logró capturar, y posteriormente ejecutar, al emperador latino. Kaloyán continuó su invasión del Imperio Latino, pero fue asesinado mientras sitiaba Tesalónica en 1207; y un año después, en la Batalla de Filipópolis, los cruzados lograron vencer a los búlgaros y contener su avance por los Balcanes.

Balduino I de Constantinopla ante Kaloyán, zar de los búlgaros

Tras la muerte de Balduino llegó al poder su hermano Enrique I (1206-1216), quien fue un emperador querido a pesar de ser extranjero, supo consolidar el poder del Imperio Latino, y fue astuto con las alianzas matrimoniales. Sin embargo, sostener a un imperio rodeado de enemigos, cimentado bajo estructuras feudales débiles, y necesitado de apoyo occidental, fue una ardua tarea.

En un inicio, el Papa Inocencio III estaba encantado con la idea de forjar un Estado latino en Constantinopla, ya que supondría la oportunidad de unir a la Iglesia Ortodoxa con la católica, y de poder sostener puntos estratégicos donde poder dirigir campañas contra los musulmanes. No obstante, este deseo no se pudo concretar por varios motivos: la influencia veneciana en el Imperio Latino, la huida de las autoridades eclesiásticas bizantinas a Nicea, y la compleja situación política en Constantinopla. Solo fue gracias a los continuos enfrentamientos de las herencias de Bizancio, que el Imperio Latino pudo sobrevivir una generación más.

El Imperio de Nicea

El Imperio de Nicea fue un Estado griego fundado por los nobles bizantinos en el exilio, poco tiempo después del saqueo de Constantinopla de 1204. Cuando la capital terminó de sucumbir ante los latinos, el patriarca ortodoxo, y varios nobles, burócratas y funcionarios bizantinos huyeron a la ciudad de Nicea, en la región de Bitinia en Asia Menor. Este gobierno en el exilio fue liderado por Teodoro I Láscaris, quien abandonó la capital cuando todo estaba perdido, y en Nicea, fundó la Dinastía Láscaris.

Teodoro I estaba emparentado con la dinastía que gobernó Bizancio hasta 1204, los Ángelo, lo que le dio cierta apariencia de legitimidad, y le permitió aglutinar a un importante número de leales para salvar a la tradición del Imperio Romano de Oriente. A diferencia de Epiro y Trebisonda (los otros Estados bizantinos), Nicea era la que se encontraba más próximo al territorio cruzado, y por ende estaba en una mejor posición para reestablecer el desmembrado Imperio Bizantino.

Nicea era una opción ideal para establecer la capital temporal del imperio en exilio. Si bien es cierto que la nueva capital no se asemejaba a Constantinopla en prestigio, población y tamaño, Nicea era una ciudad rica y culta, y albergaba varios palacios e iglesias. Incluso, en el pasado, se llevaron a cabo dos concilios ecuménicos (convocaciones universales de tanto la Iglesia Católica como la Iglesia Ortodoxa). Los Láscaris fomentaron la educación y la filosofía en Nicea y la ciudad pronto se hizo famosa como un centro de aprendizaje griego.

Geopolítica del Sur de Europa (1209)

Para 1209, la geopolítica de la región estaba consolidada: Alejo y David Comneno solidificaron su imperio en Trebisonda; Enrique I, emperador latino, integró Tracia y varias partes de Grecia a su imperio; Miguel I Ducas aseguró su despotado en Epiro; y Teodoro I levantó a Nicea como el imperio hegemónico en el oeste de Asia Menor. Este equilibrio de poder fue bastante inestable y varias alianzas tuvieron que hacerse para salvaguardar cada uno de estos imperios. Enrique de Flandes forjó una alianza con el sultán selyúcida Kaikosru I, del Sultanato de Rum, mientras que Teodoro Láscaris se alió con el búlgaro Boril I, el sucesor de Kaloyán.

En 1211, el sultán Kaikosru invadió el Imperio de Nicea, pero fue derrotado por Teodoro en la Batalla de Antioquía del Meandro. Durante la contienda murió el selyúcida decapitado, y su cabeza acabó como trofeo del emperador niceno.

Batalla de Antioquía del Meandro (1211). Teodoro I Láscaris exhibe la cabeza del sultán Kaikosru I

En 1214, después de distintos conflictos entre Enrique y Teodoro, se decidió firmar una tregua en Ninfeo, donde los latinos reconocieron oficialmente a Nicea como un Estado soberano, y se estableció una frontera definida entre ambos imperios. Los latinos fueron seguidos por los venecianos, quienes reconocieron al Imperio de Nicea en 1219 mediante un tratado, en el cual Teodoro concedió a Venecia los mismos privilegios comerciales que gozaban en Constantinopla: comerciar libremente, y recortes de impuestos.

Teodoro fue un monarca competente, que logró mantener a flote el Imperio de Nicea durante estas conflictuadas décadas. Sin embargo, Teodoro murió en 1222 sin haber logrado reunificar el Imperio Bizantino, lo que significaría que esta tarea recaería sobre sus sucesores.

El Despotado de Epiro y el Imperio de Trebisonda

Al igual que el Imperio de Nicea, Epiro y Trebisonda fueron dos Estados que surgieron de las cenizas del Imperio Bizantino cuando Constantinopla fue saqueada por los cruzados en 1204. Estos tres Estado sucesores iniciarían una suerte de carrera para volver a reunificar el extinto imperio.

El Despotado de Epiro nació de la mano de Miguel I Ducas, quien se independizó aprovechando la debilidad del Imperio Latino, cuyas tropas marchaban por toda Grecia buscando apoderarse de todo el anárquico territorio bizantino. Epiro se convirtió en el hogar de varios refugiados bizantinos, quienes huían de Constantinopla, Tesalia y el Peloponeso. Sin embargo no contó con la aprobación del patriarca ortodoxo, ya que este se había aliado con Teodoro I Láscaris en Nicea,

La invasión de Kaloyán, zar de Bulgaria, al territorio cruzado – y su subsecuente victoria en Adrianópolis contra Balduino I – significó un respiro para Miguel, quien se proclamó déspota de Epiro y estableció su capital en Arta. Los déspotas en aquella época eran parientes del emperador, no tenían el significado de hoy en día. Miguel, inteligentemente, selló una alianza con Kaloyán, y juntos invadieron el Reino de Tesalónica. No obstante, el zar búlgaro falleció mientras asediaba Tesalónica en 1207, lo que obligó a Miguel Ducas a someterse a los cruzados.

Miguel I Ducas, déspota de Epiro

En 1209, Miguel I oficialmente selló un tratado con Enrique I, en el cual se estableció la sumisión de Epiro al Imperio Latino, así como una alianza al casar a la hija de Miguel con el hermano de Enrique. Sin embargo, el montañoso territorio epirota le concedía cierta dosis de seguridad frente a los latinos, y con mayor confianza, fue rompiendo alianzas. A partir de 1212, el Despotado de Epiro inició una potente política expansionista de la mano de Miguel I Ducas y su hermano Teodoro I Ducas (no confundir con Teodoro I Láscaris, emperador de Nicea).

En 1212, los epirotas iniciaron la invasión de Tesalia, y arrebató a los latinos estratégicas ciudades como Larissa o Farsalia; y en 1214 rompió relaciones con Venecia, y anexó Dirraquio y Corfú. Estas victorias le permitieron llegar a extenderse hasta el Golfo de Corinto. Cuando Miguel I Ducas muere asesinado en 1215, el trono epirota recayó sobre su hermano Teodoro I Ducas. La expansión de Epiro terminó fraccionando de forma considerable al Imperio Latino, por lo que el emperador Enrique I de Constantinopla se vio obligado a lanzar una campaña militar contra el despotado.

Sin embargo Enrique I falleció en 1216 en su viaje a Epiro; por lo que los nobles latinos nombraron a su cuñado, Pedro de Courtenay, como nuevo emperador de Constantinopla, pero este fue capturado y ejecutado por los epirotas en 1217. Aprovechando la regencia del viuda Yolanda de Flandes, Teodoro Ducas inició una serie de ataques contra Tesalónica, la cual finalmente tomó en 1224. Y para 1230, Epiro se había hecho con Serres, Drama, Demótica, y, brevemente, con Adrianópolis.

En la otra mano, encontramos al Imperio de Trebisonda, el cual fue fundado por Alejo y David Comneno; quienes conquistaron Trebisonda tras el famoso saqueo de Constantinopla de 1204. Con apoyo de la poderosa reina Tamara de Georgia, Alejo se proclamó emperador en Trebisonda, y asumió el título de Megas Comneno para resaltar el prestigio de su familia y reforzar su legitimidad como pretendiente al trono.

El hermano de Alejo de Trebisonda, David, se apoderó de varios territorios costeros de Anatolia, como las regiones de Ponto y Paflagonia, o ciudades como Sinope o Heraclea Póntica. También lograron dominar Peratea; es decir, los dominios bizantinos en la península de Crimea. Sin embargo las conquistas fueron detenidas por Teodoro I Láscaris, quien derrotó a los tréberos mientras intentaban tomar Nicomedia en 1206. Cabe resaltar que los tres Estados bizantinos sucesores, Nicea, Epiro y Trebisonda, podrían haber formado una alianza en contra del Imperio Latino o una suerte de bloque regional griego; pero prefirieron ser enemigos.

En 1214, el Imperio de Trebisonda sufrió otro golpe cuando los selyúcidas conquistaron Sinope, forzándolos a inclinarse ante el avasallamiento del Sultanato de Rum. Debido a motivos geográficos, Trebisonda permaneció aislada de los demás Estados griegos, y con el paso del tiempo permanecieron circunscritos en la zona sudoriental del Mar Negro y en la estrecha franja costera al norte de Asia Menor.

Mapa del Imperio de Trebisonda

Las Conquistas de Juan III Ducas Vatatzés

Juan III Ducas Vatatzés fue emperador de Nicea al suceder a su suegro Teodoro I Láscaris en 1222. Su asenso al trono estuvo posibilitado al contraer matrimonio con Irene, la hija del difunto emperador niceno. La llegada de Juan III estuvo acompañada por la contundente protesta de Isaac y Alejo Láscaris, hermanos de Teodoro; quienes sintieron minimizados sus derechos dinásticos. Los hermanos acudieron en auxilio al emperador Roberto I de Constantinopla (hijo de Pedro de Courtenay y Yolanda de Flandes); pero el contingente latino fue derrotado por Juan en la Batalla de Pemaneno en 1224.

La victoria nicena en Pemaneno fue crucial, ya que les permitió anexionar todo el territorio del otro lado del Mar de Mármara, a excepción de Nicomedia. Durante el próximo año, Juan III se lanzó a la conquista de varios territorios latinos, gracias a la restauración de la flota imperial. Consiguió apoderarse de las islas de Quíos, Samos, Lesbos, el Dodecaneso, Rodas, y además logró cruzar el estrecho de los Dardanelos, tomar Galípoli y llegar hasta Adrianópolis. Pero perdería Adrianópolis en 1225 durante la expansión del Despotado de Epiro de la mano de Teodoro I Ducas, quien previamente se había declarado emperador en Tesalónica.

A partir de 1225, el Imperio Latino estaba condenado a la extinción, solo era cuestión de saber bajo cual bandera emergería la reunificación: o el Imperio de Nicea o el Despotado de Epiro. Todo parecía indicar que sería Teodoro Ducas el que terminaría de dar la última estocada a los latinos, pero Juan movió ficha rápidamente y firmó una alianza con el zar de Bulgaria Iván Asen II.

En 1230, los búlgaros de Iván Asen atacaron a los epirotas, y les sometieron tras la Batalla de Klokotnitsa – en la cual murió Teodoro I Ducas. La derrota del Despotado de Epiro fue tan aplastante, que terminó reducido a un mero Estado vasallo de Bulgaria; y con Trebisonda sin ningún poder real, el Imperio de Nicea era el único país griego capaz de reunificar a Bizancio. Por su parte, el emperador latino, Roberto I, se mostró débil y no intentó sacar provecho de la rivalidad de sus enemigos, más bien se dedicó a viajar por Roma o París, buscando apoyo sin éxito.

En 1235, el Imperio de Nicea hizo oficial su alianza con el Imperio Búlgaro, al casar al hijo de Juan III, el futuro Teodoro II, con la princesa búlgara Helena. El mismo año, los ejércitos conjuntos de Nicea y Bulgaria sometieron a Constantinopla a un asedio, aprovechando que esta era gobernada por Balduino II, el hermano menor de edad de Roberto. El regente del Imperio Latino era Juan de Brienne, quien, con apoyo de los barcos venecianos y de contingentes franceses, logró rechazar el asedio griego-búlgaro; aunque, para ese entonces, el territorio latino se había reducido notoriamente.

Con Juan III Vatatzés, Nicea se convirtió en una potencia regional, y los búlgaros no eran ajenos ante este apogeo; es por ello que comenzaron a cortar relaciones con los nicenos, a la vez que proporcionaban a los latinos cierta ayuda, lo suficiente para evitar que colapsen. Juan aprovechó la muerte del zar Iván Asen, y la de su joven sucesor, para iniciar una serie de conquistas en Grecia y el sur de los Balcanes, empezando por Tesalónica en 1242. Para 1250, el emperador de Nicea logró reclamar gran parte de Macedonia y Tracia de manos de los epirotas (a quienes impuso vasallaje) y los búlgaros.

Mapa de los Balcanes y Anatolia, Circa 1250

Juan también le dio prioridad a la diplomacia, ya que estrechó relaciones con Federico II Hohenstaufen, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y el soberano más poderoso de Europa, a través de un matrimonio político. El motivo que unía a estos monarcas era su oposición al papado, ya que era el principal soporte del Imperio Latino y el principal opositor al poder de los Hohenstaufen.

Aún así, Juan necesitaba el apoyo del papa si es que buscaba legitimar su poder una vez recuperada Constantinopla. Es por ello que el emperador de Nicea abrió negociaciones con el Papa Inocencio IV con el objetivo de reunir ambas iglesias, y así conseguir la ansiada legitimidad sobre sus pretensiones en la capital. Pero en 1254 tanto Juan III como Inocencio IV fallecieron, y estas negociaciones nunca se concretaron.

Juan murió como un gobernante exitoso y amado, e incluso fue canonizado por la Iglesia Ortodoxa como un santo. Fue él quien efectuó todos los preparativos necesarios para retomar Constantinopla, puesto que consiguió el apoyo de la burocracia nicena, un buen ejército, y decretó unas medidas económicas que respondían al contexto que se enfrentaba: redujo los impuestos para aumentar productividad, fortaleció la agricultura, la viticultura y la ganadería, recompensó a los soldados que defendían las fronteras con tierras y riquezas, etc. Gracias a Juan III, la recuperación de Constantinopla solo era cuestión de cuando.

La Reunificación del Imperio Bizantino

El sucesor de Juan III Vatatzés fue su hijo Teodoro II Láscaris, quien fue un gobernante hábil, un estratega militar, y especialmente un hombre de letras, sin embargo su reinado no fue tan próspero como el de su padre (Juan III) o su abuelo (Teodoro I Láscaris). Durante su corta estancia en el trono del Imperio de Nicea (1254-1258), Teodoro II llevó a cabo necesarias reformas, como preferir el alistamiento de soldados griegos en vez de mercenarios extranjeros. Además, derrotó a búlgaros, selyúcidas y epirotas – a estos últimos arrebató la importante ciudad portuaria de Dirraquio.

Sin embargo, Teodoro tampoco logró vivir para ver la reconquista de Constantinopla, puesto que falleció en 1258 tras cuatro breves años de gobierno. La inesperada muerte del emperador significó que su joven hijo de ocho años, Juan IV Ducas Láscaris, heredaría el trono. Dada a la minoría de edad del soberano, y a la clara vulnerabilidad que esto suponía, los nobles nicenos eligieron al ambicioso general Miguel Paleólogo como regente. Miguel sacó provecho de la situación, y en 1259 se coronó como coemperador en conjunto con Juan IV. Aunque no tardó en destronarlo para nombrarse emperador único bajo el nombre de Miguel VIII.

Miguel VIII Paleólogo, emperador y autócrata de los romanos

Miguel logró imponerse ante todos sus vecinos en la Batalla de Pelagonia de 1259, donde derrotó a Epiro, Sicilia, y a los latinos de Balduino II. Para aquel entonces, el Imperio Latino se encontraba en una situación terminal, el emperador Balduino apenas se dedicó a gobernar su imperio, y más bien viajó por varias partes de Europa occidental desesperado por apoyo, especialmente después de perder ante Nicea el Principado de Acaya tras los eventos en Pelagonia. Incluso se llega a contar que Balduino entregó a su hijo a los venecianos como garantía, con tal de conseguir algo de suministros. Francamente, lo único que mantenía en pie al Imperio Latino eran las imponentes murallas de Constantinopla.

En 1261, tras 57 años de interludio, la capital volvió finalmente a manos bizantinas, de la mano de un Paleólogo y no a un Láscaris. Para reconquistar Constantinopla, Miguel VIII firmó una estratégica alianza con Génova (el principal competidor de Venecia), quien financió la reconstrucción de la flota bizantina y les proveyó de todo tipo de facilidades para armar un ejército y dar la estocada definitiva, terminante y concluyente al Imperio Latino. No obstante, todo este esfuerzo fue en vano, ya que la reconquista se efectuó sin dar lucha. Sucedió que cuando el ejército niceno se aproximó a Constantinopla para iniciar el asedio, el ejército latino estaba ausente. El general Alejo Estrategópulo, logró convencer a los guardias de abrir las puertas de la ciudad, entró durante la noche, y apenas encontró oposición.

Restauración de Bizancio (1261)

Tras la reconquista, el emperador latino huyó, y Miguel VIII logró restituir el Imperio Bizantino bajo la Dinastía Paleóloga. Sin embargo no se logró restituir a Bizancio con sus fronteras previas a 1204, puesto que aún seguían existiendo el Ducado de Atenas, el Imperio de Trebisonda, el Despotado de Tesalia, el Ducado veneciano de Naxos, el Despotado de Epiro y el Principado francés de Acaya (aunque los dos últimos eran vasallos de Bizancio). Este imperio restaurado siguió existiendo por los siguientes dos siglos, y en la práctica totalidad de su existencia tuvo que hacer frente a la una nueva amenaza, surgida de entre los derrotados selyúcidas: los otomanos.

Referencias Bibliográficas

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