El Cid Campeador

Primeras hazañas de Rodrigo Díaz de Vivar

Nos situamos en el segundo tercio del Siglo XI, Fernando I de la Casa de los Jimenos había logrado unificar el Reino de León y el Condado de Castilla tras vencer al rey leonés Bermudo III, y los reinos cristianos avanzaban sobre territorio andalusí – fragmentado en los distintos reinos de taifas. En aquellos años, más concretamente alrededor del 1050, nació un niño en la localidad de Vivar – a 10km de Burgos – quien la posteridad recordará como un gran guerrero, digno de leyenda; su nombre: Rodrigo Díaz de Vivar. Los documentos de la época no alcanzan a registrar la historia de sus progenitores, aunque si se tiene constancia del nombre de su padre: Diego Laínez; quien fue un caballero a las órdenes del rey Don Fernando. Asimismo se sabe que su madre descendía de una poderosa familia aristocrática de Castilla: los Álvarez.

Península Ibérica circa 1060

Rodrigo se crío en las armas desde muy joven, destacando como un extraordinario combatiente. Gracias a estas habilidades, Rodrigo logró vencer en combate mano a mano al campeón navarro Jimeno Garcés. Gracias a estas hazañas, Rodrigo aumentó su prestigio entre la corte real, llegando a ser un personaje de renombre sin haber alcanzado los dieciocho años. Alrededor de la década del 1060, el joven caballero se acercó a la familia real leonesa, concretamente llegó a trabar una estrecha relación con el primogénito del rey Fernando, el infante Sancho el Fuerte.

De esta forma, Rodrigo fue armado caballero por el infante Sancho y se volvió su escudero. Además, esposó a Jimena Díaz, de la casa nobiliaria de los Flainez. Se cuenta que el tío de Jimena, Flaín Fernández, se rebeló contra la autoridad del rey Fernando, falló, y acabó con todas sus posesiones embargadas. Además de formarse en las armas, Rodrigo también se formó en letras, puesto que rodearse en la corte real le brindaba dichos conocimientos, más concretamente se formó en el derecho; familiarizándose en los conceptos legales y en el funcionamiento del sistema jurídico leonés.

En aquellos años el principal rival del Reino de León era el emergente Reino de Aragón, gobernado por el medio hermano del rey Fernando: el rey Ramiro I. Quien también era rival de Aragón era el Reino Taifa de Zaragoza, gobernado por el poderoso emir Al-Muqtadir, el cual era amenazado por las pretensiones del rey aragonés sobre la fortaleza de Graus. En 1063, los moros zaragozanos acudieron al rey Fernando por apoyo, quien envió a su primogénito, el infante Sancho, al auxilio del emir. El joven Rodrigo Díaz de Vivar, como escudero del infante, acompañó a su señor en la defensa de la fortaleza zaragozana de Graus. Ahí, el ejército leonés se enfrentó al ejército del rey Ramiro I de Aragón. En dicho encuentro falleció el rey aragonés, quien terminó con su cara atravesada por una lanza. Esta victoria inicial le valió de una enorme popularidad entre las huestes leonesas, e incluso su valor pronto llamará la atención del emir Al-Muqtadir.

Representación de la Batalla de Graus

Como última voluntad antes de fallecer en 1065, el rey Fernando I dispuso de un reparto testamentario de sus dominios entre sus tres herederos: al infante Sancho se le delegaría Castilla (que de condado pasó a ser reino), al infante Alfonso – apodado el Bravo – se le entregaría León, al infante García se le concederá por herencia Galicia, mientras que sus hijas Urraca y Elvira heredarían las villas de Zamora y Toro respectivamente.

Rodrigo Díaz siguió sirviendo bajo las órdenes de su señor, el ahora rey Sancho II de Castilla, siendo uno de sus principales hombres de confianza, llegando a desempeñar como armiger regis, o armígero real. Quien será el Cid participó en la Guerra de los Tres Sanchos (ocurrida entre 1065 y 1067), en la cual el rey Sancho de Castilla quiso tomar tierras en la Rioja Alta, dominadas por el Reino de Pamplona de Sancho Garcés IV. Tras una serie de incursiones por parte de los castellanos, el rey pamplonés acudió en auxilio al rey Sancho Ramírez I de Aragón. La guerra terminó sin un vencedor claro, sin embargo el rey de Castilla cumplió con su objetivo y arrebató a Pamplona la región de La Bureba, la comarca de Montes de Oca, y la villa de Pancorbo.

División del Reino de León de Fernando I (1065)
Reino de Galicia de García II (Gris)
Reino de León de Alfonso VI (Azul)
Reino de Castilla de Sancho II (Rojo)

Guerra Fratricida – Sancho II contra Alfonso VI

El reparto que dejó el rey Fernando no agradó a los hermanos, especialmente a Sancho II de Castilla, quien creía que se le estaban negando sus derechos de primogenitura al concederle a su hermano Alfonso una herencia más grande. La rivalidad entre los tres hermanos, García, Sancho y Alfonso – y especialmente por las ambiciones de Sancho por reclamar la integridad del reino de su difunto padre – llevaron a los tres herederos a una cruenta guerra fratricida.

Ruy Díaz de Vivar intervino bajo las órdenes del rey Sancho II de Castilla, cuyas cualidades en el uso de las armas destacaron en la victoria castellana en Llantada (1068) contra Alfonso VI de León. Tras algunos enfrentamientos iniciales, Sancho y Alfonso decidieron dejar a un lado sus diferencias y unirse contra su hermano pequeño: García II. En 1071, las fuerzas castellanas incursionaron en Galicia y apresaron al joven rey García, a quien luego exiliarían a la Taifa de Sevilla.

Sucedió que los dos hermanos victoriosos decidieron intitularse como ”rey de Galicia”, lo que hizo estallar la guerra una vez más. En esta ocasión sería Golpejera (1072) donde se encontraron los ejércitos de Alfonso y Sancho. Fue en Golpejera donde los castellanos volverían a postrarse como vencedores y el derrotado rey Alfonso sería capturado por su hermano. Como castigo, Sancho le impuso un destierro a la Taifa de Toledo bajo la protección del prestigioso emir Al-Mamún, quien entablaría una amistad con Alfonso durante su exilio.

Alfonso VI de León encadenado

Con Alfonso fuera del tablero político, Sancho II se coronó como rey de León y Castilla. A pesar de todo, un contingente de nobles leoneses se sublevó contra la autoridad de Sancho bajo la protección de la ciudad amurallada de Zamora, dominada por la infanta Urraca, hermana de los anteriores. Consecuentemente, el rey, acompañado por Ruy Díaz, dirigió sus ejércitos contra la rebelde Zamora a finales de 1072. No obstante, los esfuerzos en el asedio fueron interrumpidos bruscamente cuando el rey Sancho II fue asesinado a traición a las afueras de Zamora.

El Cid al servicio del rey Alfonso

La inesperada muerte del rey Sancho, despertó un vacío de poder que solo pudo ser rellenado por Alfonso VI, hermano del fallecido, quien regresó de su destierro toledano para reclamar el trono de su padre. El folklore medieval cuenta que en Burgos, durante la coronación de Alfonso como rey de León y Castilla, tuvo lugar la ”Jura de Santa Gadea”. En la cual Ruy Díaz obligó al rey a prestar juramento a fin de demostrar que no había tenido participación alguna en el asesinato de su hermano Sancho. Aunque este relato carece de bases históricas o documentadas, y más bien se mantiene atada a la categoría de los cantares de gesta, sirve para ilustrar el poder y prestigio que había acumulado el Cid entre la propia familia real leonesa.

La Jura de Santa Gadea, de Marcos Hiraldez Acosta. 1864.

Ruy se convirtió en uno de los caballeros de confianza del rey Alfonso, y fue este quien le concedió el favorable matrimonio con Jimena Díaz, con quien engendró tres hijos: Diego, María y Cristina (las dos últimas serían casadas con miembros de la alta nobleza hispánica). Durante este periodo, el Reino de León vivió una etapa de expansión territorial, donde el empoderado rey Alfonso se intituló como Imperator Totius Hispaniae. Para mantenerse – y equilibrarse – en el poder, el rey se apoyó en un conjunto de nobles y caballeros: su fiel compañero Pedro Ansúrez, conde de Carrión y señor de Valladolid, su cuñado Martín Alfonso, tenente de Simancas y Tordesillas, el influyente noble – y alférez real – Pedro González de Lara, el caballero García Ordoñez, conde de Nájera, el magnate Fernando Díaz, Rodrigo Díaz de Vivar, y el yerno del rey, el conde Raimundo de Borgoña.

Un de estos movimientos expansionistas ocurrió en 1076, cuando llegó la noticia de que el rey de Pamplona, Sancho Garcés IV, había sido despeñado por un barranco. Los nobles pamploneses se mostraban reacios a que la sucesión recayera en el sobrino menor de edad del fallecido, el infante Ramiro Sánchez. Así que optaron por acudir a los primos del rey: Alfonso VI de León y Sancho Ramírez I de Aragón. Sucedió que ambos invadieron el Reino de Pamplona en buscas de reclamar la desocupada corona. Al final se llegó a un acuerdo donde Sancho de Aragón era reconocido como rey de Pamplona (la cual además sería anexionada a Aragón) y a Alfonso se le concedía una importante fracción de las tierras pamplonesas, las cuales incluían Álava, Vizcaya, parte de Guipúzcoa, La Rioja y La Bureba.

Reparto de Pamplona de 1076
Fracción Reclamada por Alfonso VI de León (Lila – Izquierda)
Fracción Reclamada por Sancho Ramírez I de Aragón y V de Pamplona (Rosado – Derecha)

Uno de los primeros grandes encargos que el rey Alfonso encomendó a Ruy, fue acudir a la Taifa de Sevilla en 1079, encabezando una delegación leonesa. Su objetivo era cobrar las parias (es decir, tributos) del emir Al-Mutámid de Sevilla. No obstante, durante el desempeño de esta encomienda, las huestes de Rodrigo fueron sorprendidas por un ataque de la vecina Taifa de Granada. El ataque granadino estaba articulado por el noble castellano García Ordoñez – otro de los caballeros de confianza de Alfonso VI – quien había sido enviado a recaudar las parias de Granada. Cabe subrayar que, tanto Sevilla como Granada, gozaban de la protección del soberano leonés a cambio de este tributo. Es probable que el propio Alfonso haya sido el orquestador de este ataque, ya que era conveniente para los intereses económicos y geopolíticos de León mantener a las taifas en pugnas y disputas, para así debilitarlas y luego extorsionarlas con el pago de las parias.

Rodrigo se enfrentó al contingente de García Ordoñez no muy lejos de la ciudad de Cabra, en la cual consiguió una victoria fulminante, defendiendo con éxito los dominios de Al-Mutámid y apresando a su rival. Tras esta victoria, Ruy se ganó el sobrenombre de El Campeador: es decir, quien destaca en el campo de batalla. Las versiones literarias de la Batalla de Cabra muestran como esta sirvió como antecedente para la futura enemistad entre Alfonso VI y Rodrigo, instigada por los nobles afines a García Ordoñez. Tras su victoria, Ruy fue agasajado con grandes honores en Sevilla y regresó a León como un héroe.

1081 fue un año clave en la historia del Campeador, ya que fue en aquel año cuando su relación con el rey Alfonso terminó quebrantándose y derivando en el destierro de Rodrigo. Todo inició cuando el monarca leonés reunió un ejército en ansias de atacar tierras moras, y fortalecer su alianza con su amigo, el emir toledano Al-Qadir (nieto del emir Al-Mamún, quien acogió a Alfonso cuando fue derrocado por su hermano Sancho). Mientras el rey ausentaba en casa, una expedición musulmana penetró las defensas cristianas y asaltaron sorpresivamente la fortaleza de Soria; por suerte para los leoneses, Rodrigo Díaz logró repeler aquella afrenta. El Campeador persiguió a los soldados moros que huían rumbo a la Taifa de Toledo (la cual era aliada del rey Alfonso). Rodrigo no esperó órdenes del rey, reunió a sus huestes, y atacaron sin piedad territorio toledano.

Aquella represalia desmedida debió ser perjudicial para los intereses políticos de Alfonso VI, ya que el rey optó por una reacción radical y, a modo de castigo, desterró a Rodrigo, haciendo nulas las relaciones de vasallaje.

Primer Destierro de Rodrigo Díaz de Vivar

El Cid en Exilio y al servicio de los emires de Zaragoza

Rodrigo abandonó León con parientes y amigos, buscando algún nuevo señor al cual podría prestarle sus servicios como mercenario. Su mesnada, la cual sufrió distintas integraciones durante el camino, buscó el amparo de la corte condal de Barcelona, gobernada por los hermanos Ramón Berenguer II y Berenguer Ramón II. Sin embargo, al ser rechazados los servicios de Ruy Díaz por los condes barceloneses, el Campeador ofreció su apoyo al rey taifa de Zaragoza, el anciano Al-Muqtadir.

Durante un periodo de cinco años (1081 a 1086), Rodrigo desarrolló un papel de defensa militar en Zaragoza, reino que era constantemente amenazado en sus fronteras, y por ende estaba necesitado de apoyo bélico. ”Esta primera experiencia zaragozana le permitió entrar en contacto con la intrincada geopolítica del área nororiental y levantina de la península, lo que marcaría la orientación de sus actividades durante el resto de su vida”. Es más, fue durante su estancia en la Taifa de Zaragoza, donde Rodrigo fue adoptando el título de sidi o cid; es decir, ”mi señor” en árabe andalusí.

 Al caer gravemente enfermo, el emir Al-Muqtadir troceó su reino entre sus dos hijos: Al-Mutamán en Zaragoza, y Al-Mundir en Lérida, Tortosa y Denia. Tras la muerte del padre, la guerra estalló entre los herederos. Viéndose en medio del conflicto, el Cid se vió obligado a tomar un bando, y se posicionó al lado del nuevo rey taifa de Zaragoza: Al-Mutamán. Sin embargo, Al-Mundir también había logrado articular una serie de aliados, contando con el apoyo del conde Berenguer Ramón II de Barcelona y del monarca Sancho Ramírez I de Aragón.

Extensión del Reino Taifa de Zaragoza en tiempos de Al-Muqtadir

Contra todo pronóstico, y rivalizando a ejércitos integrados por las huestes de tres monarcas, Rodrigo Díaz defendió con éxito a su señor Al-Mutamán. Destacando su victoria contra leridanos y catalanes en el asedio al Castillo de Almenar, en 1082; tras la cual hizo prisionero al conde Berenguer Ramón II de Barcelona. Dos años después, en 1084, el Campeador arremetió contra la localidad de Morella, protegida por Al-Mundir y Sancho Ramírez de Aragón. El Cid volvió a saldarse con la victoria, y además, logró capturar a los principales nobles del ejército aragonés.

Reconciliación con Alfonso VI

Mientras el Cid permanecía en Zaragoza con Al-Mutamán, se produjo uno de los eventos más trascendentales e importantes en la Reconquista. Sucedió que el 6 de Mayo de 1085, fuerzas cristianas encabezadas por Alfonso VI entraron en la ciudad de Toledo, la vieja capital del Reino Visigodo. Esta anexión le permitió al rey leonés fortalecer su dominio geopolítico en la península Ibérica, así como acentuar su control financiero sobre las distintas taifas, puesto que Toledo se ubica justo al centro de Hispania. Por su lado, el Reino Taifa de Toledo siguió existiendo, pero siendo Valencia la nueva capital.

No obstante, la alegría por la captura de esta histórica ciudad duró poco, ya que el panorama político peninsular dio un giro inesperado. Resulta que en el 1086, un ejército de musulmanes provenientes del Magreb invadieron la península por llamado de auxilio del rey taifa de Sevilla. Estos eran los almorávides, quienes liderados por su rey, Yusuf Ibn Tasufín, lograron articular a las tribus bereberes y formar un extenso imperio que se expandió por los actuales Marruecos, Argelia, Mauretania, y cómo no, España y Portugal.

En Octubre de 1086, un ejército conjunto de almorávides, sevillanos, y otros contingentes de emires taifas, se dirigió hacia Badajoz. Alfonso VI, en vano, intentó defender su posición en la zona, solo para ser derrotado por Yusuf en la Batalla de Zalaca, ocurrida en las proximidades de Badajoz. La expansión de León se frenó en seco, y ahora se vieron obligados a atrincherarse en Toledo y adoptar posiciones defensivas.

Esta serie de acontecimientos también hicieron reconsiderarse alianzas y disputas; por lo cual, Alfonso tuvo que reintegrar al Cid a su corte y condonar su destierro, ya que escaseaba de mentes tácticas y líderes militares capaces de gestionar grandes y heterogéneas huestes en el campo de batalla. Puede que la reconciliación se haya dado como consecuencia de la aplastante derrota que recibieron los leoneses en Zalaca. Además, los conocimientos adquiridos por el Cid durante su estancia de cinco años en la corte de Zaragoza, eran importantes para la inteligencia del Reino de León.

Segundo Destierro e Intervención Levantina

Reintegrado a la corte del rey Alfonso, en 1087, el Cid fue enviado a la zona de Valencia, acompañado por su aliado, el rey taifa de Zaragoza, Al-Mustaín II, hijo de su ex señor Al-Mutamán. Su misión consistió en proteger al rey vasallo Al-Qadir – quien dos años atrás, había entregado Toledo al rey de León – de las agresiones de Al-Mundir, emir de Lérida.

Un año después, en 1088, Al-Mustaín II traicionó al Cid (dado que el Campeador se negó a entregarle Valencia durante la campaña anterior) y sitió Valencia en alianza con uno de los enemigos de Rodrigo: el conde Berenguer Ramón II de Barcelona. El Campeador volvió a rechazar este segundo intento de asedio a Valencia, y tras consolidar su posición ahí, reorganizó el sistema fiscal y militar de la ciudad levantina, cobrando para sí las parias de Valencia (las cuales normalmente iban destinadas al rey de León o al conde de Barcelona). Además, sojuzgó bajo su protección a otras ciudades levantinas, extorsionadas mediante las razzias o incursiones de saqueo, como Albarracín o Murviedro.

Ese mismo año, las fuerzas de Alfonso VI se dirigieron al rescate de la fortaleza de Aledo, en Murcia; la cual era sitiada por los almorávides de Yusuf ibn Tasufín. Esta posición era clave, ya que le concedía a León un control más directo sobre las taifas de Murcia, Sevilla y Granada. El rey hizo un llamamiento de apoyo al Cid, para que este se reúna con su señor en Villena para luego ir a por Aledo. Sin embargo, el encuentro entre los ejércitos de Alfonso y el Cid nunca se produjo, ya sea por errores logísticos o porque Rodrigo hizo caso omiso al llamado de su señor.

Sea cual sea el caso, el Cid había fallado en una de las obligaciones más vitales que un vasallo tenía con su señor: el Auxilium. Por tal motivo, fue acusado de traición y terminó con todos sus bienes confiscados – lo que incluía ser desprovisto de su esposa e hijas. El rey Alfonso volvió a castigar al Cid con un segundo destierro, pero a diferencia del primer destierro, el Campeador ya no se vio obligado a someterse a la voluntad de algún señor – cristiano o musulmán – y comenzó a actuar a suerte de caudillo independiente. Además, comenzó a planear sus intervenciones en Levante como un señorío propio, y no como un protectorado de Alfonso VI.

Gracias a sus habilidades como líder y estratega, y aprovechando la gran ventaja logística que suponía la experiencia sirviendo con señores cristianos y musulmanes, el Cid se configuró a sí mismo como un señor de la guerra independiente. Sin embargo, durante 1088 y 1089, la trayectoria de las huestes del Cid serían un tanto errantes y espontáneas, vivieron de lo que el terreno del ofrecía y para abastecerse de recursos económicos se dedicaron a la extorsión y al saqueo: saquearon la Taifa de Denia, así como las zonas circundantes a Valencia para extorsionar a Al-Qadir, y volvieron a enfrentarse contra Berenguer Ramón de Barcelona en la Batalla de Tévar.

Pero tras consolidar sus protectorados, y forzar a los reyes musulmanes en Levante a pagarle las parias, el Cid se convirtió en una de las figuras más poderosas de aquel territorio. Sus influencias eran tan extensas que tenía como tributarios a Valencia, Lérida, Tortosa, Denia, Albarracín, Alpuente, Sagunto, Jérica, Segorbe y Almenara, siendo su base de operaciones la fortaleza de Peña Cadiella. El surgimiento del protectorado del Campeador fue perjudicial para Alfonso VI, ya que había perdido su influencia en Levante; y con la llegada de los almorávides (quienes hicieron que Murcia, Granada, Badajoz y Sevilla les tributaran), al Reino de León se le estaban esfumando una de sus principales fuentes de ingresos: las parias.

Conquista de Valencia

El rey Alfonso puso en marcha una campaña para recuperar el control fáctico sobre los territorios levantinos, obteniendo el apoyo del rey Sancho Ramírez I de Aragón, del conde Berenguer Ramón, y de las flotas de las repúblicas de Pisa y Génova. El objetivo era claro: expulsar a Rodrigo de Levante y destruir sus bases de poder.

Primero fueron a por la Taifa de Tortosa, tributaria del Campeador, y en verano de 1092 sitiaron la propia Valencia, donde gobernada el protegido del Cid, el rey Al-Qadir. Sin embargo el ambicioso plan para conquistar la ciudad levantina fue un estrepitoso fracaso, y hubo que retirar el asedio. En aquellos momentos, el Cid se encontraba en Zaragoza junto a su aliado, el emir Al-Mustaín II; y tras enterarse de los eventos recientes, tomó represalias y atacó varias ciudades castellanas en La Rioja, como Nájera o Logroño.

A pesar de todo, el poder del Cid en Valencia se quebrantaría, no con un ataque externo, sino con una revuelta interna. Sucedió que tras el verano de 1092, con el Cid aún en Zaragoza, el cadí ibn Yahhaf encabezó un golpe de Estado en Valencia con apoyo de los almorávides, el cual resultó en el destronamiento y ejecución de Al-Qadir, protegido y tributario de Rodrigo. Ibn Yahhaf, ahora nuevo emir de Valencia, abrió las puertas de la ciudad a una tropa almorávide, lo cual trastocó los planes del Campeador.

Fue así como el Cid emprendió uno de sus campañas más ambiciosas y famosas: la conquista de Valencia. Primero tomó la Fortaleza de Cebolla, a 14km de Valencia, consolidando su posición en aquella zona a inicios de 1093, y desde ahí instigó una serie de revueltas en Valencia para desestabilizar a Ibn Yahhaf. Además, comenzó a acosar los territorios circundantes a la ciudad, y en base a la presión y la extorsión, logró hacer que la tropa almorávide se retire. Tras el retiro de los almorávides, el Cid armó una serie de campamentos en torno a la ciudad, bloqueando las líneas de abastecimiento.

Asedio de Valencia, 1094

El estrecho cerco se prolongó hasta 1094, y tras un año de asedio ininterrumpido, la ciudad capituló el 17 de Junio de 1094. Con Valencia ahora en su control directo, el Cid se autoproclamó como el ”príncipe Rodrigo el Campeador”. Por su parte, aprendieron al cadí Ibn Yahhaf y lo acusaron de magnicidio de acuerdo a las leyes islámicas, dicho litigio acabó con la pena de muerte.

No obstante, la ciudad de Valencia era altamente codiciada por cristianos y musulmanes, y si el Cid esperaba sobrevivir, debía asegurar su posición a través de alianzas y tratados. Los primeros en intentar arrebatarle Valencia al Cid fueron los almorávides, quienes tomaron la fortaleza valenciana de Cuart de Poblet, pero fueron derrotados por las huestes del Campeador. Aquella fue la primera vez que Rodrigo venció a los almorávides en el campo de batalla, más no la única. Al mismo tiempo, para asegurar las vías comerciales del norte, el Cid forjó una alianza con el rey de Aragón Pedro I, y con el conde de Barcelona Ramón Berenguer III.

Últimos Años

El Cid gobernará Valencia desde el año que la conquistó; es decir, 1094, hasta su muerte. La alianza que forjó con Pedro I de Aragón fue estratégica, no solo diplomáticamente, sino también militarmente, puesto que las campañas de almorávides en Levante parecían cada vez más recurrentes.

En 1097, los almorávides orquestaron una expedición para ir a tomar Valencia, pero volvieron a ser derrotados por la coalición entre el Cid y el rey de Aragón, en un enfrentamiento cerca de Gandía. Cabe resaltar, que la victoria del Cid en Gandía solo se pudo lograr con el lanzamiento de la caballería pesada sobre los norteafricanos – táctica novedosa para finales del Siglo XI. Quien también se enfrentaba frecuentadas veces a los almorávides era Alfonso VI; aunque en una de esas confrontaciones bélicas (concretamente en Consuegra), falleció el único hijo varón y heredero de Rodrigo: Diego.

Batalla de Bairén, 1097

Tras quedar devastado por la muerte de su hijo, el Cid emprendió un proyecto para cristianizar Valencia y desposeerla de sus tradiciones musulmanas. Convirtió la mezquita alijama en catedral y la consagró a Santa María. Siguiendo el ejemplo de los reyes aragoneses, Rodrigo intentó forjar una alianza con el Papa Urbano II (conocido por la proclama de la Primera Cruzada en Clermont, Francia). Luego, en 1099, casó a sus dos hijas con altos dirigentes peninsulares: a su hija Cristina con el infante Ramiro Sánchez de Pamplona (quienes luego engendrarían al rey García Ramírez IV el Restaurador), y a su hija María con el conde Ramón Berenguer III de Barcelona.

No mucho tiempo después, aparentemente en la fiesta de Pentecostés, falleció Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. Sin embargo, la muerte natural no sería suficiente para acabar con el Cid, ya que se abrió paso en el mundo del folklore y la leyenda, en lo que hoy conocemos como el Cantar de Mío Cid. Sus restos fueron llevados al Monasterio de San Pedro de Cardeña, en Burgos. Por su parte, Valencia cayó en manos de su viuda Jimena Díaz, quien defendió la ciudad de los almorávides junto a su yerno Ramón Berenguer III. Pero en Mayo de 1102, ante la imposibilidad de frenar el avance almorávide en Levante, fue preciso evacuar la ciudad. Valencia no tardó en caer bajo manos almorávides, y permanecería bajo poder musulmán hasta 1238, cuando fue reconquistada por Jaime I de Aragón.

Siglos después, durante la Guerra de Independencia Española, soldados franceses profanaron la tumba del Campeador, pero en 1809, el general napoleónico Paul Thiebault ordenó depositar sus restos en un mausoleo en Paseo del Espolón. Luego, tras la expulsión francesa de España, los restos del Cid fueron devueltos a Cardeña, y después en la Capilla de la Casa Consistorial de Burgos. Hoy en día se pueden encontrar los restos del Cid, y de su esposa Jimena, descansando en la Catedral de Burgos.

Tumba de Rodrigo Díaz de Vivar, Actualidad

Referencias Bibliográficas

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