Basilio II, el Bulgaróctono

Contexto del Imperio Bizantino en el Siglo X

Desde el Siglo VII, el Imperio Bizantino enfrentó una desgarradora decadencia tras un siglo de apogeo de la mano del gran Basileus (es decir, emperador) Justiniano I. La llegada de los eslavos, la conquista árabe de Egipto y Siria, la expulsión de Italia a manos de los lombardos, y más importante, la invasión de los búlgaros en la frontera del Danubio causaron una fragilidad fronteriza que se tradujo en inestabilidad política y económica. A estas invasiones se le sumaron conflictos religiosos constantes con el Papado, disputas sobre la supremacía regional en los Balcanes, y las interminables luchas de poder entre distintas dinastías competidoras.

Fue en este agobiante escenario cuando se alzó una nueva dinastía, una que regresaría a Bizancio su viejo poderío: la Dinastía Macedónica, natural de aquel territorio. En el año 867 llegó al trono un militar conocido como Basilio I el Grande, quien derrocó a la anterior dinastía, y marcó los precedentes para una nueva gloria. En aquellos años, el Cristianismo vivía una época de expansión, a medida que se cristianizaba a vikingos, magiares y eslavos. Los búlgaros no fueron la excepción: en Bulgaria llegó un kahn de nombre Boris I quien se convirtió al Cristianismo Ortodoxo en el 864. El sucesor del monarca búlgaro fue su hijo Simeón I, quien dejó atrás el título de kahn para adoptar el título de zar, en desafío abierto a la autoridad del emperador bizantino.

Para el Siglo X, los búlgaros eran los principales rivales de los bizantinos. Eran conocidos entre el ejército romano por su desempeño como jinetes (heredada por su lejano pasado nómada en las estepas de Asia Central). Con la llegada de Simeón I al trono búlgaro, Bulgaria se convirtió en una amenaza para Bizancio: en el 917 derrotaron a los bizantinos en la Batalla de Anqueloo y entraron en Grecia, dejándolos arrinconados en el Peloponeso, y en la próspera ciudad de Tesalónica. Y peor aún, Constantinopla estaba vulnerable. Desde esta estratégica posición, los búlgaros lanzaron múltiples incursiones en territorio bizantino, e incluso marcharon rumbo a la capital bizantina en seis ocasiones distintas, aunque en ninguna lograron capturar la ciudad de Constantino.

Los Balcanes, Siglo X

Muerte de Romano II y Regencia de Nicéforo II y Juán I

Corría el año 958, el príncipe bizantino (y futuro emperador) Romano II, exponente de la Dinastía Macedónica, vio nacer a su hijo y heredero Basilio, a quien tuvo con la princesa de baja nobleza Teofano Anastaso. El padre de Romano II era el emperador Constantino VII Porfirogeneta, quien carecía de cualquier autoridad real y había sido un títere en dos ocasiones durante sus cuarenta y seis años de reinado: de su madre y de un usurpador.

En el año 959 falleció el emperador Constantino VII, dejando el trono a su hijo y heredero Romano II. Si bien es cierto el reinado de Romano fue próspero, este emperador usualmente prefirió la extravagancia y los lujos, a la administración y las campañas militares. Inesperadamente, este nuevo emperador también falleció tras cuatro años de reinado (en el 963) cuando su hijo Basilio tenía apenas cinco años. La inesperada muerte de Romano II dejó a la dinastía en una situación vulnerable y un vacío de poder que debía de ser rellenado si es que el Imperio Bizantino buscaba la estabilidad.

Funeral del Basileus Romano II

La situación se resolvió cuando el general más popular de Bizancio, Nicéforo Focas (quien además era un poderoso propietario y poseedor de varios latifundios en Capadocia), desposó a la viuda Teofano y asumió el cargo de ”emperador asociado” bajo el título de Nicéforo II. Asimismo juró proteger los derechos dinásticos de Basilio y de su hermano Constantino, de cinco y tres años respectivamente. Nicéforo fue un guerrero, y en sus seis años de reinado, dirigió grandes y exitosas campañas contra los musulmanes en una época de fragmentación política en el mundo árabe.

Venció a los árabes en Creta en el 965, y luego dirigió sus esfuerzos contra los árabes hamdánidas que gobernaban en Siria. Recuperó Cilicia, Chipre, y Antioquía, además logró imponer vasallaje al Reino Hamdánida de Alepo, aunque por poco tiempo. Sus campañas sentaron las bases de una posible futura expedición militar sobre Siria y Mesopotamia; sin embargo Nicéforo II fue depuesto y asesinado en el 969, tras una fuerte tensión política y social en el imperio. El conspirador Juán Tzimiscés desposó a la nuevamente viuda Teofano; y además también garantizó el reconocimiento de los derechos sucesorios de los jóvenes Basilio y Constantino.

El nuevo emperador reinó bajo el nombre de Juán I, y al igual que su predecesor Nicéforo, también continuó con las campañas militares. En el año 971 derrotó al ejército ruso del príncipe Sviatoslav de Kiev en la Batalla de Dorostolón, y a finales de ese mismo año logró recuperar Adrianópolis y Tracia de los búlgaros, capturando al zar búlgaro Boris II y llevándolo a Constantinopla. Por otro lado, Juán Tzimiscés tuvo grandes victorias contra los musulmanes: llegó a Damasco (en poder del Califato Fatimí), Acre, y Nazaret. En el año 976, Juán I falleció mientras regresaba a Constantinopla tras un gran tour por todo el imperio, dejando el trono oficialmente a Basilio II, de dieciocho años.

El Ascenso de Basilio II

En el 976 Basilio II se postró como Basileus del Imperio Bizantino, reclamando sus derechos dinásticos por herencia de su padre, el ya fallecido Romano II. Debido a su corta edad, la administración fue ejercida por el cortesano eunuco Basilio Lecapeno. Desde su juventud Basilio II había mostrado interés por los asuntos militares del imperio – a diferencia de su hermano Constantino quien le dio más importancia a las frivolidades.

Como jefe de gobierno bizantino, Basilio Lecapeno, reorganizó el ejército y buscó la forma de eliminar las disidencias para así lograr mantener a Basilio II a salvo de posibles golpes de Estado. Uno de los generales depuestos por Lecapeno fue Bardas Skleros, general bizantino a cargo de los ejércitos en la frontera oriental, quien se había autoproclamado emperador en buscas de suceder al fallecido Juán Tzimiscés.

La rebelión de Skleros desató una estado de anarquía a lo largo de Anatolia, al mismo tiempo que su ejército avanzaba imparablemente e implacablemente hacia las importantes ciudades de Nicea y Constantinopla. En tal contexto Basilio II y Lecapeno acudieron a uno de los grandes generales en la historia reciente de Bizancio, Bardas Focas, quien había sido encerrado en un monasterio por una rebelión que desató en años anteriores. Los ejércitos de Bardas Focas (leal a Basilio) y Bardas Skleros (rebelde usurpador) se encontraron en la Batalla de Pankalia en el 979, en la cual el ejército leal se alzó con la victoria y el usurpador se vio obligado a pedir asilo político a los persas búyidas en Bagdad.

En el año 985, con un panorama más pacificado, Basilio II, buscando mayor independencia política, despidió a Lecapeno y asumió el poder absoluto de facto en el imperio. Además, también encontraba en Bardas Focas un posible enemigo a futuro, así que para reducir la popularidad de Focas, el emperador buscó logros militares propios para enaltecer su figura como conquistador. En tal sentido, Basilio II se embarcó en una campaña contra los búlgaros – los temibles enemigos históricos de los bizantinos – con el objetivo de tomar la capital búlgara de Sofía, donde reinaba el zar Román. El ejército bizantino se abrió paso en territorio búlgaro y asedió la capital, sin embargo, la falta de suministros obligaron a Basilio a emprender la retirada. La falta de precauciones en el viaje de regreso, llevaron al ejército imperial a sufrir una devastadora emboscada en la Puerta de Trajano, en la cual Basilio apenas pudo escapar con vida.

Derrota Bizantina en la Batalla de las Puertas de Trajano (985)

El fracaso de Basilio II contra los búlgaros desencadenó una guerra civil en el imperio que casi llega a costarle la corona al emperador. Resulta que quienes una vez fueron acérrimos rivales, Bardas Skleros y Bardas Focas, habían unido fuerzas contra Basilio. No obstante, Focas traicionó y aprisionó a Skleros, y marchó con sus ejército hacia Constantinopla, aprovechando la falta de autoridad de Basilio II en Anatolia.

A pesar de la precaria situación, Basilio II jugó una de sus últimas cartas con precisión e inteligencia: los infalibles matrimonios políticos. Aprovechando la reciente conversión de los rusos al Cristianismo Ortodoxo, Basilio decidió aproximarse diplomáticamente al príncipe Vladimir de Kiev y le entregó a su hermana Ana Porfirogeneta como esposa en el 989. Como contraprestación, el príncipe ruso le entregó 6 000 fieros guerreros varegos, leales únicamente al emperador de Constantinopla, para conformar la temible Guardia Varega.

Ilustración de Basilio II en Constantinopla

Con los nuevos refuerzos, Basilio enfrentó y derrotó a uno de los generales de Focas en la Batalla de Crisópolis, luego el propio traidor en la Batalla de Abydos, la cual acabó con la vida de Bardas y con ello un fin a la rebelión. Para enaltecer su victoria y mitigar futuras disidencias, el emperador hizo desfilar la cabeza del usurpador a través del imperio, horrorizando a sus simpatizantes restantes. Tras su victoria, Basilio II se postró como el gobernador supremo e indisputable del Imperio Bizantino.

Las Campañas contra los Búlgaros

Fue en el 991 cuando Basilio II decidió reanudar los asuntos militares en el exterior, especialmente contra quienes reinaban en el Danubio: los búlgaros. En los primeros años de campaña, el ejército bizantino no mantuvo una guerra a larga escala contra Bulgaria, y más bien se limitaron a pequeños golpes, escaramuzas e incursiones. En su primer año de campaña lograron capturar al zar búlgaro Román. Y no fue hasta la muerte de Román en cautiverio, en el 997, que se nombró a un sucesor en el trono búlgaro: Samuel. Sin embargo, Basilio debía atender un asunto de gran urgencia antes de proseguir con su gran hazaña en los Balcanes: asegurar la debilitada frontera de Oriente, menoscabada por las recientes guerras civiles. Para no descuidar la situación en los Balcanes tuvo que buscar aliados para la defensa de sus territorios y la ofensa en territorio enemigo; encontrando como aliado a la ciudad mercantil de Venecia – la cual hasta hace siglo y medio era territorio bizantino – a la que se le prometió, como contraprestación, todas las islas que dominaba Bizancio en el Mar Adriático.

En el 995, asegurando sus fronteras, Basilio II lanzó una campaña contra los árabes fatimíes encabezando un ejército de 40 000 hombres. Derrotó a los musulmanes en Siria, recuperó Alepo, y arrebató al Califato Fatimí las ciudades de Emesa y Trípoli. Si bien es cierto Basilio no contaba con los recursos necesarios para dar un golpe en el Levante meridional y alcanzar Jerusalén, sus conquistas permitieron asegurar la posición del Imperio Bizantino en Oriente, fortaleciendo valiosas ciudades para los romanos como lo es Antioquía. Además creo una serie de provincias militares, como el Catapanato de Italia (dirigida por un catapán, término para referirse a un oficial de alto rango bizantino) o los ducados de Antioquía, Mesopotamia, Baspracamia, o Caldia.

Fue en el año 1000 que Basilio II pudo reanudar la tan ambiciosa guerra contra los búlgaros tras asegurar la paz con el Califato Fatimí. Queriendo administrar su campaña en Bulgaria personalmente, el emperador fijo su centro de operaciones en la ciudad griega de Filipopolis. Aseguró los territorios circundantes y tomó la fortaleza búlgara de Sredets, dividiendo el Imperio Búlgaro en dos. Al mismo tiempo, el zar Samuel lanzó una ofensiva en Grecia, tomó Larisa, Tebas y amenazó Atenas. Buscando mitigar la avanzada búlgara, el emperador bizantino se abalanzó sobre las ciudades de Kolindros, Beroia, Servia, Naissus y Voden.

Una de las principales victorias de Basilio sobre Samuel fue en Skopje, sucedida en el 1004; donde el bizantino recuperó Macedonia y Tesalia. Desde entonces, los bizantinos realizaron invasiones anuales en el menguante territorio búlgaro, casi siempre en primavera. Con el pasar de los años esta guerra a larga escala se fue traduciendo en guerras de guerrillas, con un zar búlgaro con cada vez menos poder, y con un Basileus cada vez más empoderado.

Una batalla decisiva para el devenir de los acontecimientos fue la Batalla de Kleidion, donde el debilitado monarca búlgaro intentó dar cara a las incursiones anuales de Basilio II en el 1014. Tras una serie de ataques y contraataques a las fortalezas búlgaras, los bizantinos lanzaron un ataque frontal acompañada de una maniobra ”envolvente” en la retaguardia enemiga, consiguiendo así su victoria. A pesar de que varios oficiales búlgaros, incluido Samuel, habían emprendido la retirada en desbandada, Basilio logró tomar como prisioneros de guerra a 14 000 búlgaros. Como represalia, Basilio ordenó aplicar un castigo – cuya aplicación era costumbre en los traidores y rebeldes: el cegamiento.

Todos los prisioneros búlgaros fueron cegados de ambos ojos con un ”hierro al rojo vivo”, mientras que a 150 se les cegó solo de un ojo para que sirvieran de guías al resto. Al cabo de un tiempo, este tétrico y macabro cortejo llegó a Sofia, dejando totalmente perplejo al zar búlgaro, al punto que llegó a sufrir un ataque (y se teoriza que haya muerto por ello). A partir de este vil acto, Basilio II se ganó el apodo de Bulgaróctono, el matador de los búlgaros.

Tras Kleidion, cualquier oportunidad búlgara de oponer una defensa organizada contra la invasión bizantina se desvaneció. Sin embargo, los bizantinos tardaron cuatro años en terminar de sofocar la rebelión búlgara. El ejército imperial se dedicó a atacar los puntos de mayor resistencia, al mismo tiempo que Basilio enviaba embajadas diplomáticas para forzar la redición de nobles y generales enemigos. En 1018, cuando el último de los generales búlgaros, Iván Vladislav, se rindió en Dirraquio, el remanente de Bulgaria entendió que no había ninguna posibilidad de contraataque alguno. Poco después el propio Basilio II marchó victorioso en Sofia, la capital de lo que alguna vez fue el Imperio Búlgaro. Tras consolidar su dominio en sus nuevos territorios, el emperador viajó a Atenas donde agradeció a Dios en el Partenón, ahora convertido en una iglesia ortodoxa. Luego regresó a Constantinopla entrando triunfalmente tras su gran victoria.

Un Nuevo Auge y una Nueva Decadencia

Un pensaría que el despiadado emperador Bulgaróctono sería cruel con sus nuevos súbditos, pues no fue así. Buscó integrar a los viejos generales de Samuel al funcionariado bizantino, y a varios de ellos les dio tierras en Anatolia. Además, a los búlgaros se les otorgó cierta igualdad ante la ley, se les fijó impuestos reducidos, se les concedió una capital administrativa (Skopje), e incluso se le dio total autonomía a la Iglesia Ortodoxa Búlgara – aunque en la práctica esta debía estar subordinada a la sede patriarcal de Constantinopla (bajo la lógica de primus inter pares, primero entre iguales).

Siguiendo la configuración administrativa del Imperio Bizantino, se dividió el territorio de Bulgaria en themas (provincias defensiva y administrativas). Por otro lado, la supremacía regional que Basilio consiguió en los Balcanes, incluso llevó a los reinos de Croacia y Serbia a rendir vasallaje a Constantinopla. De acuerdo con el cronista Miguel Pselo, la campaña en Bulgaria dejó las arcas del Estado en superávit:  “La riqueza de las naciones bárbaras que nos circundaban, todo esto lo reunió en un mismo sitio y lo depositó en las cámaras del fisco imperial. […] Y no sólo no gastó nada de lo depositado, sino que multiplicó las reservas”. 

Extensión territorial del Imperio Bizantino en el 1025

Basilio también legisló duramente en contra de la aristocracia terrateniente, obligó a varios propietarios a pagar las deudas de sus siervos, y en varias oportunidades llegó a confiscar propiedades. Todo ello con el fin de obtener mayor popularidad entre la población. Además, fue conocido por los apegos y protecciones que les daba al soldado promedio; haciéndose cargo de los huérfanos de sus oficiales, dándoles hogar, alimento y educación. Este era un plan a largo plazo, ya que muchos de estos niños fueron sus oficiales y soldados de mayor lealtad, pues lo veían como un padre. En el frente de batalla, Basilio esperaba que sus soldados lo vieran como un igual para conseguir mayor lealtad entre ellos, llegando a comer en el mismo rancho que cualquier otro miembro del ejército.

Tras su campaña contra los búlgaros, Basilio llevó a cabo acciones militares contra los reinos de Georgia y Armenia. Es conocida su victoria en la Batalla de Shirimini – sucedida en el 1021 – contra el rey Jorge I de Georgia, logrando extender sus dominios hasta el Lago Van. En el 1025, Basilio planeaba una última gran campaña en Sicilia, tomada por los árabes. Lamentablemente, nunca logró llevar a cabo su guerra en Sicilia ya que falleció justo antes de la expedición. Su última voluntad fue ser enterrado en el campo de entrenamiento de su caballería, en lugar de las criptas reservadas para los emperadores. Basilio II dejó un imperio más grande del que se encontró, y llenó las arcas del Estado con los tesoros que obtuvo de sus conquistas.

Lamentablemente el trono bizantino cayó en las manos de su hermano, Constantino VIII, de sesenta y cinco años. Este emperador gobernó por tres años, despilfarrando gran parte de las riquezas que acumuló su difunto hermano. Además, Constantino se mostró poco preocupado por gobernar, y delegó las funciones administrativas a sus consejeros, mientras él se limitó a dedicarse a las embajadas y a las audiencias. Cuando Constantino VIII murió en el 1028, su sucesor fue su hija Zoé quien gobernó detrás de una serie de incompetentes maridos que ella misma había colocado en el trono.

Si bien es cierto que Basilio el Bulgaróctono fue recordado como uno de los más grandes emperadores bizantinos, la prosperidad de Bizancio murió con él: inestabilidad política, rebeliones, invasiones enemigas, querellas religiosas, etc. Tan solo cincuenta años después del gran éxito contra Bulgaria, el Imperio Bizantino enfrentó una de sus más devastadoras derrotas en Mantzikert contra un nuevo enemigo: los turcos.

Referencias Bibliográficas

Historia de Bizancio. Juan Luis Posadas. Alderabán, Madrid. 2002.

Vidas de los emperadores de Bizancio. Miguel Pselo. Gredos, Madrid, 2002.

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Garrido, A [Pero eso es otra Historia]. (s.f.). IMPERIO BIZANTINO 3: Basilio II, el Cisma de Oriente y la irrupción de los Selyúcidas (Historia). [Archivo de Video]. Recuperado el 1 de Agosto de 2021 en https://www.youtube.com/watch?v=tzysci4eVVU

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